domingo, 4 de agosto de 2013

LA MEJOR HERENCIA LA DEL AMOR



Y es que, a pesar de la experiencia, continuamos atesorando cosas efímeras y caducas que no nos salvan ni nos dan seguridad. Esa seguridad de conservar la vida para siempre, que es nuestra máxima aspiración y nuestro mayor objetivo. 

La experiencia nos dice que la felicidad no la encontramos en las cosas. Ocurre que cuanto más tenemos, más preocupados estamos. A toda fortuna le sigue una herencia, y las herencias son circunstancias de pleitos y envidias. El Evangelio de hoy nos advierte sobre ese problema, y nos invita a atesorar el verdadero tesoro que son las cosas de Dios.

Vivir, en y para el Señor, orientará nuestra vida a, no llenarnos de riquezas vanas y caducas, sino a perseverar en buscar corresponder al Amor de Dios, esto es, hacer su Voluntad. Y vivir en la Voluntad de Dios es almacenar en nuestro corazón todo aquello que nos transforma en personas capaces de dar y darnos.

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Y todo eso se puede unir por el amor. Amar es permanecer unidos en Aquel que nos une: Jesús de Nazaret.