domingo, 1 de mayo de 2016

TODO CONSISTE EN AMAR

(Jn 14,23-29)

Cuando hay amor todo tiene cumplimiento y se sostiene en el amor, valga la redundancia,  en las dificultades y los problemas. El amor persevera en la Palabra, porque amar es un compromiso tal y como nos ama el Padre, que envía a su Hijo para revelarnos su amor.

No nos es fácil vivir el compromiso de amar, pero no estamos solos ante el peligro. Sería fatal, porque nosotros solos llevaríamos siempre las de perder frente al demonio que nos acecha. Jesús, consciente de esa debilidad, propia de nuestra naturaleza pecadora, no nos deja solos y nos envía el Paráclito, el Espíritu Santo, para que nos acompañe y nos asista, recordándonos todo lo que nos ha dicho y enseñado Jesús.

Y hoy, la Iglesia, descansa en la asistencia del Espíritu Santo, que la guía por el verdadero camino hacia la Casa del Padre. Es es nuestra esperanza y nuestro gozo, sabernos auxiliados y animados por el Espíritu Santo, y asistido en los momentos de gran dificultad. Por, con y en Él superamos todos los obstáculos, aunque tengamos que soportar momentos tensos de debilidad y oscuridad.

Son las cruces, nuestras cruces, las de nuestro camino que superaremos con paciencia y perseverancia injertados en Jesús y guardando su Palabra por amor. Danos, Señor, esa fortaleza y voluntad para perseverar en el amor a tu Palabra y guardarla en todo los momentos de nuestra vida.

miércoles, 27 de abril de 2016

AUDIENCIA GENERA DEL PAPA FRANCISCO



Queridos hermanos y hermanas:

Con la parábola del buen samaritano Jesús nos enseña que para heredar la vida eterna tenemos que amar a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a nosotros mismos. El amor cristiano es un amor comprometido que se hace concreto en la vida. 

En los gestos concretos de misericordia del buen samaritano reconocemos el modo de actuar de Dios, que se ha revelado en la historia por medio de acciones marcadas por la compasión. Él no ignora nuestros dolores y sabe cuánto necesitamos de su ayuda, de su consuelo, se hace cercano y no nos abandona nunca. 

El verdadero amor tampoco hace distinciones entre personas, sino que ve a todos como prójimos que necesitan de nuestra ayuda y cercanía. Por lo tanto, si queremos heredar la vida eterna, no podemos ignorar el sufrimiento de los hombres, si lo hiciéramos estaríamos ignorando a Dios.

domingo, 24 de abril de 2016

LA SEÑAL DE IDENTIDAD CRISTIANA

(Jn 13,31-33a.34-35)


Se puede ir a misa todos los días; se puede ser buena persona; se puede ser gran cumplidor con todos los preceptos y leyes mandadas; se puede ser buen cristiano, pero todo eso para por el amor. Si no eres capaz de amar como nos lo dice Jesús, nada de lo demás importa mucho, porque el amor es el signo que nos identifica como cristianos y seguidores de Cristo.

Sus Palabras no dejan lugar a duda: «Hijos míos, me queda poco de estar con vosotros. Os doy un mandamiento nuevo: que os améis unos a otros como yo os he amado. La señal por la que conocerán que sois discípulos míos, será que os amáis unos a otros».

Y esas simples palabras llevan mucha tela dentro de sus letras. Amar a los otros implica también a los que piensan diferente a ti y no están de acuerdo con tu fe; amara a los otros contiene dosis de soportar, atención, escuchar, esfuerzos de comprender y paciencia en el trato. Amar es el resultado de estar disponible y de entregarse al servicio aunque los impulsos sean otros. Amar es estar convencido de que entregarse y servir es la mejor manera de corresponder al amor de Jesús.

Amar es transmitir esta buena Noticia de salvación por el amor. Y lo puedes hacer con tu palabra; en tu ambiente y grupos; en Internet; en cualquier parte que tengas oportunidad. Pero, también lo puedes hacer con tu vida trasmitiendo serenidad, confianza, atención, escucha, servicio...etc.

Cuando tratas de vivir la Palabra y te alimentas de la Eucaristía, todos tus esfuerzos transparentan luz, que siendo pequeña y pecadora, se transforma, por la Gracia de Dios, en testimonio de Luz y Verdad. Pidamos al Señor que nos dé esa Gracia de, sostenidos en su Espíritu, demos testimonio de su Amor.

miércoles, 20 de abril de 2016

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO



El pasaje del Evangelio de Lucas que hemos leído refleja con claridad un aspecto fundamental de la misericordia: la sinceridad de nuestro arrepentimiento suscita en Dios su perdón incondicional.

Mientras Jesús, invitado por Simón el fariseo, está sentado a la mesa, una mujer, considerada por todos pecadora, entra, se pone a sus pies, los baña con sus lágrimas y los seca con sus cabellos; luego los besa y los unge con el aceite perfumado que ha traído consigo.

La actitud de la mujer contrasta con la del fariseo. El celoso servidor de la ley, que juzga a los demás por las apariencias, desconfía de Jesús porque se deja tocar por los pecadores, y se contamina. La mujer, en cambio, expresa con sus gestos la sinceridad de su arrepentimiento y, con amor y veneración, se abandona confiadamente en Jesús. Cristo no hace componendas con el pecado, que es oposición radical al

domingo, 17 de abril de 2016

DIOS NUNCA TE CIERRA LA PUERTA



Puede parecer que Dios eliges a unos y a otros no;  puede parecer que el Padre, previamente elegidos, le confía a unos y los otros quedan al margen. Pero no es así, porque si así fuera, Dios sería injusto y eso es imposible. Dios es Infinitamente bueno y a todos nos quiere y nos elige, pero nos ha dado la libertad para que seamos nosotros los que decidamos oírle, escucharle y seguirle.

Dependerá, pues, de nosotros responder a la llamada del Señor. El Señor nos abre la puerta y, dentro de redil, estaremos a salvo, porque Él nos cuida y no protege y no permite que nadie nos saque de su rebaño. Además, nuestro Señor Jesús ha pagado con su Sangre por cada uno de nosotros para que ahora nos perdamos.

Sin embargo, ocurre que muchos escuchamos, creemos y seguimos al Señor. Pero otros, y muchos, no le hacen caso, cierran sus oídos y le rechazan. Unos seguimos la llamada y el cuidado del Buen Pastor y otros no. El anuncio del Evangelio a muchos les estorba y les produce rabia, y a otros nos llena de paz, de alegría y esperanza. 

¿Qué tienen unos que no tengan los otros? San Agustín, ante el misterio abismal de la elección divina, respondía: «Dios no te deja, si tú no le dejas»; no te abandonará, si tú no le abandonas. No des, por tanto, la culpa a Dios, ni a la Iglesia, ni a los otros, porque el problema de tu fidelidad es tuyo. Dios no niega a nadie su gracia, y ésta es nuestra fuerza: agarrarnos fuerte a la gracia de Dios. No es ningún mérito nuestro; simplemente, hemos sido “agraciados”.

La fe entra por el oído y la audición de la Palabra de Dios, y eso implica atención y seguimiento. Pero tenemos un peligro, el mundo. Sus ruidos, sus ofertas y tentaciones nos distraen y nos alejan del buen camino, y si no nos ponemos al cuidado del Buen Pastor corremos el peligro de no escuchar su Palabra y hacernos los sordos y despistados. Luego, con todas las probalidades, el lobo no alcanzará.

Estemos atentos y vigilantes y sepamos discernir el bien del mal. Aquello que, aunque aparentemente nos parezca que nos hace bien porque nos agrada y nos gusta, no es lo que nos conviene. Pongámonos al buen recaudo dejándonos cuidar y vigilar por el Buen Pastor, que da la Vida por cada una de sus ovejas.

miércoles, 13 de abril de 2016

AUDIENCIA DEL PAPA FRANCISCO



Queridos hermanos y hermanas:

Hemos escuchado la narración evangélica de la llamada de Mateo. Por ser publicano, es decir, un recaudador de impuestos en nombre del imperio romano, era considerado por los fariseos un pecador público. Jesús, en cambio, invita a Mateo a seguirlo, y comparte su mesa con publicanos y pecadores, ofreciendo también a ellos la posibilidad de ser sus discípulos. 

Con estos gestos, les indica que no mira a su pasado, a su condición social o a los convencionalismos exteriores, sino que los acoge con sencillez y les abre un futuro. Esta actitud de Jesús vale también para cada uno de nosotros: ser cristianos no nos hace impecables. La Iglesia no es una comunidad de perfectos, sino de discípulos en camino, que siguen al Señor porque se reconocen pecadores y necesitados de su perdón. La vida cristiana es, pues, una escuela de humildad que se