Hay un pecado del que no se suele hablar: el de la clericalización de
los laicos. Claro, porque sólo los laicos pueden clericarizarse de
manera pecaminosa. Los clérigos deben ser clérigos; los laicos, laicos.
Antes del Concilio Vaticano II eso estaba muy claro. Siempre recuerdo -y
no lo he vuelto a comprobar, pues hablo de memoria- que en el Código de
Derecho Canónico de 1917 había únicamente dos cánones que se referían
directamente al laico: uno le mandaba que obedeciera a los clérigos; el
otro, que no se le ocurriera vestirse con los vestidos clericales.
Ciertamente era poco, pero bastante claro. El laico que sea laico.
Con el Concilio Vaticano II, en cambio, se armó la marimorena. Aunque la
doctrina no podía ser mejor ni más entusiasmante: vocación universal a
la santidad, santificación de las actividades profesionales, autonomía
en las realidades temporales, sacerdocio real, etc, lo cierto es que se
generó una especie de pasión por la clericalización del laico. De ahí a
propugnar el sacerdocio femenino no hay más que un paso. Si
clericalizamos a los laicos varones para que sean auténticos cristianos,
es evidente que discriminamos a las mujeres si las excluimos de esa vía
de perfección.
He hablado y oído muchas cosas sobre el particular, pero ayer me
contaron lo que había dicho el cardenal Bergoglio en la última
entrevista que le hicieron antes de viajar hacia Roma para ser elegido
Papa. Le preguntaron: ¿Cómo ve a los laicos en la Argentina?
Y su respuesta no tiene desperdicio:
“Hay un problema, lo dije otras veces: la tentación de la
clericalización. Los curas tendemos a clericalizar a los laicos. No nos
damos cuenta pero es como contagiar lo nuestro. Y los laicos --no todos
pero muchos- nos piden de rodillas que los clericalicemos porque es más
cómodo ser monaguillo que protagonista de un camino laical. No tenemos
que entrar en esa trampa, es una complicidad pecadora. Ni clericalizar
ni pedir ser clericalizado. El laico es laico y tiene que vivir como
laico con la fuerza del bautismo, lo cual lo habilita para ser fermento
del amor de Dios en la misma sociedad, para crear y sembrar esperanza,
para proclamar la fe, no desde un púlpito sino desde su vida cotidiana. Y
llevando su cruz cotidiana como la llevamos todos. Y la cruz del laico,
no la del cura. La del cura que la lleve el cura que bastante hombro le
dio Dios para eso”.
En definitiva: comete pecado el sacerdote que clericaliza al laico; y
también el laico que se desorienta al desear que lo clericalicen.
Siempre es un pecado, pero cuando la que pide ser clericalizada es la
mujer, entonces todavía da mayor pena... porque están haciéndole desear
un imposible.

Recuerdo
una vez que una catequista me pidió que preparara a dos niñas de once
años para que fueran monaguillas, pues tenían deseos de serlo. Las mandé
llamar y les expliqué los motivos por los que yo prefería aconsejarles
que ayudaran en Misa de otras formas, pero no siendo acólitas o
monaguillas. Les hablé de Cristo sacerdote y la Iglesia esposa. Que los
esposos son varones no sólo porque Cristo eligió sólo varones, sino
también porque la función del esposo es propia del varón. Por eso a
ellas siempre les estaría vedado el sacerdocio ministerial, porque son
mujeres. Que es la naturaleza las que las discrimina y no la Iglesia. De
todos modos, os digo esto para que actuéis como os parezca mejor:
- El próximo domingo venid un rato antes y os preparo para que hagáis de monaguillas.
Y así quedamos. Sin embargo, el domingo siguiente ellas me dijeron que
preferían no ayudar a Misa. Lo habían pensado y estaban felices.
¿No sería la catequista la que había querido clericalizar a las dos niñas poniendo en sus corazones deseos clericales?