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miércoles, 26 de agosto de 2015

AUDIENCIA GENERAL PAPA FRANCISCO



Queridos hermanos y hermanas:

Hoy nos detenemos a reflexionar sobre la oración en familia. El espíritu de la oración se fundamenta en el gran mandamiento: «amaras al Señor, tu Dios, con todo el corazón, con toda tu alma, con todas tus fuerzas».

 La oración se alimenta del afecto por Dios. Un corazón lleno de amor a Dios sabe transformar en oración un pensamiento sin palabras, una invocación delante de una imagen sagrada, o un beso hacia la Iglesia. A pesar de lo complicado que es el tiempo en la familia, siempre ocupado, con mil cosas que hacer, la oración nos permite encontrar la paz para las cosas necesarias, y descubrir el gozo de los dones inesperados del Señor, la belleza de la fiesta y la serenidad del trabajo.

La oración brota de la escucha de Jesús, de la lectura y familiaridad con la Palabra de Dios.
Nos hará bien preguntarnos: ¿Tenemos en...

jueves, 20 de agosto de 2015

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO



Queridos hermanos y hermanas:

En la catequesis de hoy reflexionamos sobre el trabajo y la familia. Como se puede leer en el libro del Génesis, el trabajo pertenece al proyecto de Dios en la creación. El mismo Jesús era conocido como el “hijo del carpintero”. 

El trabajo es algo propio de la persona humana, y expresa su dignidad de criatura hecha a imagen de Dios. Por eso, la gestión del trabajo supone una grande responsabilidad social, que no se puede dejar a merced de la lógica del beneficio o de un mercado divinizado, en el que con frecuencia se considera a la familia como un peso o un obstáculo a la productividad. 

Un trabajo que se aparta de la alianza de Dios con el hombre, y no respeta sus cualidades espirituales, tiene consecuencias negativas que golpean a los más pobres y a las familias. La misma vida civil y el hábitat natural terminan corrompiéndose. En

domingo, 16 de agosto de 2015

HAMBRE Y SED

(Jn 6,51-58)


El apetito es necesario y vital para la vida porque sin comer no se puede vivir. Y el apetito no es otra cosa, referido a la comida, que tener hambre de satisfacer las necesidades alimentarias que el cuerpo demanda. Pero ese deseo de hambre se puede perder, y con ello las ganas de alimentarse. Sería terrible perder el apetito porque con ello ponemos en peligro nuestra vida. La inapetencia nos puede llevar a la anorexia, enfermedad que nos lleva a perder peso y a poner en peligro nuestra vida.

«Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». Jesús nos promete el alimento que nos da la Vida Eterna. El mismo se hace alimento y se nos ofrece como salvación.

Pero lo verdaderamente importante es tener hambre, porque nos puede ocurrir que no tengamos apetito, y, por supuesto, hayamos perdido las ganas espirituales de comer el Cuerpo del Señor. Y sin hambre ni ganas nos será difícil buscar y pedir el alimento del Señor. Y también descubrirlo. Es necesario tener hambre y sed para buscar en Jesús el alimento que nos sostenga y nos aliente en el espíritu.

«En verdad, en verdad os digo: si no coméis la carne del Hijo del hombre, y no bebéis su sangre, no tenéis vida en vosotros. El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna, y yo le resucitaré el último día. Porque mi carne es verdadera comida y mi sangre verdadera bebida.

Descubrir ese apetito del alimento que da la Vida es el verdadero Tesoro de nuestra vida. Alimento que buscamos, pero que nos puede pasar desapercibido encandilados por las luces de este mundo que nos presenta otro tipo de alimentos, que aunque necesarios, no definitivos, porque son caducos y finitos. Necesitamos estar despiertos y atentos a la Palabra del Señor, que nos da la Vida y despierta el apetito que nos alimenta para la Vida Eterna.

Pidamos al Señor esa Gracia y que despierte en nosotros el verdadero apetito de hambre y sed del Cuerpo y Sangre de nuestro Señor Jesucristo para que hambrientos y sedientos de su Cuerpo y Sangre no cesemos de buscarle y vivir en Él.

viernes, 14 de agosto de 2015

AUDIENCIA GENERAL DEL PAPA FRANCISCO (05-08-15)



Queridos hermanos y hermanas:

Retomando las reflexiones sobre la familia, deseo referirme hoy a la situación de los que tras la ruptura de su vinculo matrimonial han establecido una nueva convivencia, y a la atención pastoral que merecen.

La Iglesia sabe bien que tal situación contradice el sacramento cristiano, pero con corazón de madre busca el bien y la salvación de todos, sin excluir a nadie. Animada por el Espíritu Santo y por amor a la verdad, siente el deber de «discernir bien las situaciones», diferenciando entre quienes han sufrido la separación y quienes la han provocado.

Si se mira la nueva unión desde los hijos pequeños vemos la urgencia de una acogida real hacia las personas que viven tal situación. ¿Cómo podemos pedirle a estos padres educar a los hijos en la vida cristiana si están alejados de la vida de la comunidad? Es necesario una fraterna y atenta acogida, en el amor y en la verdad, hacia estas personas que en efecto no están excomulgadas, como algunos piensan: ellas forman parte siempre de la Iglesia.

«No tenemos recetas sencillas», pero es preciso manifestar la disponibilidad de la comunidad y animarlos a vivir cada vez más su pertenencia a Cristo y a la Iglesia con la oración, la escucha de la Palabra de Dios, la participación en la liturgia, la educación cristiana de los hijos, la caridad, el servicio a los pobres y el compromiso por la justicia y la paz. La Iglesia no tiene las puertas cerradas a nadie.
* * *
Saludo a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica. En la memoria litúrgica de la Dedicación de la Basílica de Santa María la Mayor, confiemos a la Madre de Dios a todas las familias. Muchas gracias.

miércoles, 12 de agosto de 2015

AUDIENCIA GENERAL PAPA FRANCISCO



Queridos hermanos y hermanas:

Abrimos hoy una serie de reflexiones sobre tres facetas que marcan la vida familiar: la fiesta, el trabajo y la oración.

Comenzamos por la fiesta, que es un invento de Dios. El libro del Génesis nos dice que al final de la creación Dios contempló y gozó de su obra. Dios nos enseña que festejar no es conseguir evadirse o dejarse vencer por la pereza, sino volver nuestra mirada hacia el fruto de nuestro esfuerzo con gratitud y con benevolencia. También nosotros podemos mirar a nuestros hijos que crecen, el hogar que hemos construido y pensar: ¡Que hermoso! Es Dios que lo ha hecho posible, que sigue creando también hoy. ¡Y hacer fiesta!

El mandamiento divino de cesar en nuestras tareas cotidianas, nos recuerda también, que el hombre, como imagen de Dios, es señor y no esclavo del trabajo. Nos pide liberarnos de la obsesión

domingo, 9 de agosto de 2015

SEGUIMOS IGUAL

(Jn 6,41-51)


Seguimos igual, con esas palabras podemos resumir lo que continúa pasando en la actualidad. Después de 2015 años todo sigue exactamente igual. Muchos siguen preguntándose de qué Padre habla Jesús, y quién es ese Pan Vivo que baja del Cielo.

Es verdad que el hombre sigue buscando la eternidad, porque no quiere morir. Ese sería el primer objetivo del hombre: "No morir". Pero el pan que fabrica el hombre es pan de muerte, porque no da la vida. A pesar de los intentos de la ciencia no consiguen fabricar el elixir que dé la eternidad, y, hoy Jesús, nos ofrece esa aspiración que el hombre persigue: Yo soy el pan de la vida. Vuestros padres comieron el maná en el desierto y murieron; éste es el pan que baja del cielo, para que quien lo coma no muera. Yo soy el pan vivo, bajado del cielo. Si uno come de este pan, vivirá para siempre; y el pan que yo le voy a dar, es mi carne por la vida del mundo». 

Jesús acierta de pleno. Sabe lo que busca y desea el hombre, y se ofrece como salvación dándonos a comer su Cuerpo y a beber su Sangre. Jesús instituye la Eucaristía. Ese sí es el alimento que nos da la Vida Eterna. Esa Vida que busca el hombre; esa Vida Eterna vivida en gozo y felicidad.

Ahora, ¿cómo se puede ofrecer eso? La única forma posible es siendo el Hijo de Dios bajado del Cielo. Pero volvemos al principio: Necesitamos la fe, porque, sobre todo sus contemporáneos, que le conocían como el hijo del carpintero, no pueden asimilar que sea el Hijo de Dios, el Mesías prometido. Y hoy ocurre igual con los católicos que se bautizan. Siguen celebrándose bautismos en la Iglesia, pero más bien como un acto social y cultura que de fe. Los cristianos, como ocurría en tiempos de Jesús, no le conocen, y menos a su Padre que lo envía. Siguen buscando ese pan de vida entre las cosas caducas de este mundo.

Y ese es el problema, buscan donde no se puede encontrar. Porque la salvación del hombre no está en las cosas de este mundo, pertenecemos a otro. Este mundo lo rige el demonio, él es su príncipe, pero nosotros pertenecemos a otro mundo, el del Reino de Dios, siempre y cuando estemos dispuestos a quererlo, buscarlo y encontrarnos con Jesús. Sabiendo que ha salido Él primero a buscarnos. Sólo tenemos que dejarnos encontrar.

Y esa posibilidad pasa por abrir nuestro corazón de hombre viejo y caduco, para dejar entrar al Espíritu Santo, a ayudarnos a transformarlo en un corazón nuevo, de niño, joven, disponible y dispuesto a liberarnos y despojarnos de los apegos, vicios, malos hábitos, pasiones y apetencias que nos esclavizan y encadenan alejándonos del verdadero Tesoro que es encontrarnos y abrirnos a la Gracia del Señor.

domingo, 2 de agosto de 2015

REALMENTE, ¿QUÉ BUSCAMOS?


(Jn 6,24-35)

Es la pregunta del millón: ¿qué buscamos y a quién? Porque a veces caminamos desorientados y sin saber exactamente a dónde vamos. Y en esas condiciones estamos vendidos al mejor postor que, con astucia, nos persuada y nos desvia hacia los intereses que desean. El mundo tiene muchas ofertas y tentaciones que nos distraen y atraen.

Si lo que buscamos es saciar el hambre material, Jesús no es la única respuesta, porque hay lugares en este mundo donde saciarlo. Y si perseguimos riquezas, fama o poder, equivocamos el camino siguiendo a Jesús. Por el contrario si buscamos el único y verdadero Tesoro, que es la felicidad y vida eterna, entonces hemos acertado con seguir a Jesús.

Si tenemos claro lo que buscamos y perseguimos, nadie nos distraerá ni nos desviará del camino, porque, entre otras cosas, Jesús nos facilitará su seguimiento dándonos fortalece y valor para sostenernos firmes en la fe. De sus Palabras deducimos la confianza que nos da el seguirle: «Yo soy el pan de la vida. El que venga a mí, no tendrá hambre, y el que crea en mí, no tendrá nunca sed».

Y eso es lo que verdaderamente importa: El Pan que, no simplemente nos sacia hoy y mañana volvemos a tener hambre, sino el Pan que nos sacia para siempre. El hombre busca la felicidad, pero la felicidad eterna si es posible. Y en Jesús eso se hace posible porque nos lo dice, nos lo demuestra y nos la da simplemente por amor entregando su vida por nosotros.

Todo lo que no sea eterno pierde valor. Puede ser importante y gozoso durante un tiempo, pero, tarde o temprano, se vuelve marchito y se estropea. Ocurre así cuando nuestro amor, hoy gozoso y radiante de felicidad, nos llena de gozo y alegría, pero mañana se marchita y se acaba. Y eso sucede si y porque lo apoyamos solo en nuestra propia carne y en las cosas materiales de esta vida. 

El amor que no esté sustentado en el Amor de Xto. Jesús es un amor construido sobre arena. Y tarde o temprano terminará destruido. Pero el amor sustentado en el Amor del Señor será un amor gozoso y eterno. Pidamos esa Gracia, la de buscar al Señor no simplemente por el pan material, que también lo necesitamos, sino especialmente por el Pan espiritual bajado del Cielo que nos da la Vida Eterna.