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martes, 24 de octubre de 2017

Pensamientos de San Antonio María Claret...






“Orar es pensar en Dios, amar a Dios y dirigir a la mayor gloria de Dios todo lo que digas y hagas; es pedir a Dios para ti y para los otros.”

“No ha habido santo ni persona distinguida en saber y virtud, ni comunidad observante, ni seminario bien ordenado, que no haya tenido devoción al Rosario.”

“La rosa es la reina de las flores, y la oración del Rosario es la reina de las oraciones.”


“El Santísimo rosario es un espejo en que todos debemos mirar y componer nuestras costumbres; es un gran libro en que todos debemos leer los admirables ejemplos que nos dan Jesús y María.”

“Señor y Padre mío, que te conozca y te haga conocer.

Que te ame y te haga amar. Que te sirva y te haga servir. Que te alabe y te haga alabar. Por todas las criaturas”. Amén

"Haz, Señor, que ardamos en caridad y encendamos un fuego de amor por donde pasemos; que deseemos eficazmente y procuremos por todos los medios contagiar a todos de tu amor.

Que nada ni nadie nos arredre, Señor. Que nos gocemos en las privaciones. Que abordemos los trabajos, que abracemos los sacrificios. Que nos complazcamos en las calumnias y alegremos en los tormentos.

Señor, que no pensemos sino como seguir e imitar a Jesucristo en trabajar, sufrir y procurar siempre y únicamente la mayor gloria tuya y la salvación de las almas. Amén."

jueves, 29 de junio de 2017

Entrevista a San Pedro y San Pablo...

*¿Qué nos platicarían estos grandes apostoles? ¡Cuántas cosas nos enseñarían! Sus palabras son actuales, solo tenemos que leerlas en las Sagradas Escrituras.


Entrevista a San Pedro en el cielo. 


P. ¿Qué sentiste al negar a Cristo?
R. Fue el día más triste de mi vida; no se lo deseo a nadie. Yo era muy duro para llorar, pero ese día lloré a mares; no lo suficiente, porque toda la vida lloré esa falta. Sin embargo, por haber negado al Señor un día, lo amé muchísimo más que si nunca lo hubiera hecho. Esas negaciones fueron un hierro candente que me traspasó el corazón.

P. ¿Prefieres el nombre de Pedro al de Simón?

R. Sí, porque el nombre de Simón me lo pusieron mis padres; el de Pedro, Cristo. Además, es un nombre que encierra un gran significado. Por un lado me hace feliz que Él me haya hecho piedra de su Iglesia; por otro lado, me produce gran confusión, porque yo no era roca, sino polvo vil. Cristo ya no me llama Simón, Él prefiere llamarme roca; y en el cielo todos me llaman Pedro.  Mi antiguo nombre ya se me olvidó. Cuando pienso en mi nuevo nombre, cuando me llaman Pedro, inmediatamente pienso en la Iglesia. Me llaman así con un sentido muy particular los demás vicarios de Cristo que me han seguido, y yo siento ganas de llamarles con el mismo nombre, porque todos somos piedra de la misma cantera, todos sostenemos a la Iglesia.

P. ¿Qué sentiste cuando Cristo Resucitado se te apareció?

R. Es difícil, muy difícil de expresar, pero lo intentaré. Por un segundo creí ver un fantasma, luego sentí tal alegría que quise abrazarlo con todas mis fuerzas. «¡Es Él!» pensé, pero luego sentí cómo se me helaba la sangre, y quedé petrificado sin atreverme a mover. Él fue quien me abrazó con tal ternura, con tal fuerza… Y oí muy claras sus palabras: «Para mí sigues siendo el mismo Pedro de siempre».

P. ¿Qué consejo nos das a los que seguimos en este mundo?

R. Puedo decirles que mi sucesor, el Papa, sabe lo que hace. Háganle caso y les irá mejor. De igual forma, no dejen de tener al Señor con ustedes en sus corazones y todos los aspectos de su vida en todo momento. 


Entrevista en el cielo a San Pablo.


P. ¿Qué sentiste en el camino hacia Damasco, caído en el suelo, tirado en el polvo?

R. Yacía por tierra, convertido en polvo, todo mi pasado. Mis antiguas certezas, la intocable ley mosaica, mi alma de fariseo rabioso, toda mi vida anterior estaba enterrada en el polvo. Fue cuestión de segundos. Del polvo emergía poco a poco un hombre nuevo. Los métodos fueron violentos, tajantes, «es duro dar coces contra el aguijón», pero sólo así podía aprender la dura lección. En el camino hacia Damasco me encontré con el Maestro un día que nunca olvidaré. Aquella voz y aquel Cristo de Damasco se me clavaron como espada en el corazón. Cristo entró a saco en mi castillo rompiendo puertas, ventanas; una experiencia terrible; pero considero aquel día como el más grande de mi vida.

P. ¿Sigues diciendo que todo lo que se sufre en este mundo es juego de niños, comparado con el cielo?

R. Lo dije y lo digo. Durante mi vida terrena contemplé el cielo por un rato; ahora estaré en él eternamente. El precio que pagué fue muy pequeño. El cielo no tiene precio. ¡Qué pena da ver a tantos hombres y mujeres aferrados a las cosas de la tierra, olvidándose de la eternidad! Vale la pena sufrir sin fin y sin pausa para conquistar el cielo. El Cristo de Damasco será mío para siempre; llegando aquí lo primero que le he dicho al Señor ha sido: «Gracias Señor, por tirarme del caballo»; pues Él me pidió disculpas por la manera demasiado fuerte de hacerlo.

P. Qué querías decir con aquellas palabras: “¿Quién me arrancará del amor a Cristo?”

R. Pues que estaba seguro de que nada ni nadie jamás me separaría de Él, y así fue. Y, si en la tierra pude decir con certeza estas palabras, en el cielo las puedo decir con mayor certeza todavía. El cielo consiste en: “Cristo es mío, yo soy de Cristo por toda la eternidad” ¿Sabes lo que se siente, cuando Él me dice: «Pablo, amigo mío?».

P. Un día dijiste aquellas palabras: “Sé en quién he creído y estoy tranquilo”. Explícanos el sentido.

R. Cuando llegué a conocerlo, no pude hacer menos que seguirlo, quererlo, y pasarme a sus filas; porque nadie es como Él de justo, de santo, y de verdadero. Supe desde el principio que no encontraría otro como Él, que nadie me amaría tanto como aquél que se entregó a la muerte y a la cruz por mí.

P. ¿Un consejo desde el cielo para los de la tierra?

R. Uno sólo, y se los doy con toda la fuerza: “Déjense atrapar por el mismo Señor que a mi me derribó en Damasco”. 

jueves, 8 de junio de 2017

Sacerdote, regalo de Dios para el mundo...



La contemporaneidad de Cristo con cada generación, con cada hombre, sólo es posible si se actualiza, si se revive, el misterio de la Redención a través del gran milagro de la Eucaristía, desde las manos y los labios de un sacerdote.

Allí donde hay un sacerdote, allí donde un cristiano acoge desde la fe y el amor la invitación de Cristo a seguirlo en la Iglesia como ministro, como servidor, como “presbítero”, allí habrá Eucaristía. Gracias a ese sacerdote muchos hombres y mujeres podrán tocar, palpar, sentirse cercanos a Jesús de Nazaret.

Desde esta perspectiva comprendemos la importancia que, para la Iglesia y para todo el género humano, reviste la figura del sacerdote.

Hombre tomado entre los hombres, cristiano entre los cristianos, ministro y servidor para sus hermanos, el sacerdote hace presente la acción de Dios, desde el gran milagro de la Encarnación del Hijo, en un mundo que necesita, ayer, hoy, y mientras duren los tiempos, una ayuda para vencer el misterio del pecado, para entrar en la dimensión de la gracia.

Ello es posible por la especial unión que se da entre el sacerdote y el mismo Jesús. La fórmula sacerdos, alter Christus (el sacerdote, otro Cristo) recoge una enseñanza constante de la Iglesia y expresa una verdad profunda, experiencial. Esta unión es mucho más visible a través de los sacramentos, en los que el sacerdote actúa in persona Christi. Juan Pablo II explicaba el sentido profundo de esta fórmula:

“El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental, con el «sumo y eterno Sacerdote», que es el autor y el sujeto principal de su propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie” (Carta apostólica Dominicae Cenae, 24 de febrero de 1980, n. 8; cf. carta encíclica Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003, nn. 29, 52).

Desde la fe, la Iglesia, que nace y vive de la Eucaristía, que se constituye desde los sacramentos y desde la escucha y predicación de la Sagrada Escritura, aprecia cada vocación a la vida sacerdotal como un don particular del Dueño de la viña, como una esperanza y una certeza: continúa la acción divina en el mundo, continúa el “toque” particular de Jesús en cada corazón y en la Iglesia toda.

Por eso cada obispo, cada presbítero, cada bautizado, debe sentir como algo propio la urgencia de promover y de rogar insistentemente por la llegada de nuevos y santos sacerdotes. Lo recuerda la encíclica de Juan Pablo II "Ecclesia de Eucharistia" en el n. 31:

“Del carácter central de la Eucaristía en la vida y en el ministerio de los sacerdotes se deriva también su puesto central en la pastoral de las vocaciones sacerdotales. Ante todo, porque la plegaria por las vocaciones encuentra en ella la máxima unión con la oración de Cristo sumo y eterno Sacerdote; pero también porque la diligencia y esmero de los sacerdotes en el ministerio eucarístico, unido a la promoción de la participación consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucaristía, es un ejemplo eficaz y un incentivo a la respuesta generosa de los jóvenes a la llamada de Dios. Él se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un sacerdote para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la llamada al sacerdocio”.

La misión que espera a cada sacerdote coincide con la de Cristo, y exige un acompañamiento formativo esmerado y profundo. Habrá buenos y santos sacerdotes si los llamados a este servicio viven, con sencillez y con amor, el Evangelio completo, auténtico, en su plenitud: caridad, vigilancia, oración, esperanza y entrega sin límites. Junto a la formación espiritual, el joven llamado al sacerdocio, hombre tomado entre los hombres, necesita una formación humana e intelectual muy rica, enraizada en la experiencia milenaria de la Iglesia.

El centro de toda la formación y de toda la experiencia pastoral de los sacerdotes será siempre la Eucaristía. Del sacrificio eucarístico arranca la vida espiritual, una vida espiritual que lleva a ahondar y a profundizar aún más en el misterio del Amor de Dios. Junto al altar, junto al tabernáculo, el sacerdote configura toda su psicología, todo su actuar, con el modo de ser, de pensar, de hablar, de Cristo, Maestro y Pastor, hasta el punto de poder dar, como Jesús, la vida por sus hermanos.

El Papa Benedicto XVI recordaba la importancia de la oración en la vida del sacerdote que quiere configurarse en todo con Cristo.

“El sacerdote que ora mucho, y que ora bien, se va desprendiendo progresivamente de sí mismo y se une cada vez más a Jesús, buen Pastor y Servidor de los hermanos. Al igual que él, también el sacerdote «da su vida» por las ovejas que le han sido encomendadas. Nadie se la quita: él mismo la da, en unión con Cristo Señor, que tiene el poder de dar su vida y el poder de recuperarla no sólo para sí, sino también para sus amigos, unidos a él por el sacramento del Orden. Así, la misma vida de Cristo, Cordero y Pastor, se comunica a toda la grey mediante los ministros consagrados” (Benedicto XVI, 3 de mayo de 2009).

Esa es la experiencia de cada sacerdote que lo ha dado todo. Esa es la experiencia que celebran las comunidades cristianas cuando ven madurar, ven crecer en la entrega, a los sacerdotes. Esa es la experiencia que hace que muchos hombres y mujeres aviven la esperanza ante un hombre aparentemente normal, marcado por sus propias debilidades y carencias, pero que trae al mundo un rayo de luz porque es, simplemente, sacerdote.

Necesitamos reconocer que Dios ha estado grande con su Iglesia. Necesitamos darle gracias por la fidelidad de cada sacerdote y por la energía con la que no deja de invitar, en el amor y en el respeto, a muchos jóvenes para que digan un sí generoso a Cristo y a la Iglesia, en una humanidad que vive con tantas sombras, pero que necesita aferrarse a la esperanza que nace de una certeza: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del mundo” (Mt 28,20).
  

Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net

martes, 9 de mayo de 2017

Haz vida de tu bautismo...

Ha pasado Jesús treinta años en el misterio de Nazareth, escondido a los ojos de los hombres, oculto  a las miradas de la tierra y abiertos sus ojos a los del Padre. Se ha forjado el sacerdote, el hombre de oración; se ha forjado el profeta, el hombre de la palabra; se ha forjado el pastor, el hombre del servicio. Y ahora quiere volcar la vitalidad, el ardor, la energía que el Espíritu ha forjado dentro de su corazón, en el corazón de los hombres. Es la hora de incendiar la tierra; la hora de querer que todo arda. Es tiempo de levantar en llama viva todo hacia su Padre Dios.

Y deja la casa. Y le duele ver a su Madre del alma que llora al despedirse. Se han abrazado en profundo silencio el hijo y la madre. Sobran las palabras. El Padre Dios lo arranca de su casa, de sus cosas, de su tierra. Y, ligero de equipaje, comienza la andadura. Ahora el largo desierto de treinta años, se hace camino infinito hacia la tierra del corazón de la humanidad. Jesús camina solo. 

Lleva su túnica blanca, tejida por su madre; lleva su manto al viento, agitado por el Espíritu. Lleva un morral y un cayado.  Es el nuevo Abraham, el hombre de los caminos, el hombre sin lugar donde reclinar su cabeza.

¿A donde se dirige?  ¿Tiene rumbo su sandalia? ¿A donde lo conduce el Espíritu que lo anima? Jesús de Nazareth busca las aguas. Las aguas del Jordán. Busca liberación, hasta sumergirse en el fondo con toda la humanidad pecadora, para luego levantarse limpio, purificado, libre. Es el momento del encuentro en las aguas, entre lo limpio y sucio, entre la esclavitud y la libertad. Entre el pecado y la gracia.  Es el hombre que se abre a la misión; es el Mesías, el enviado del Padre, en busca del Espíritu de su Dios para ser ungido.

Jesús es uno de tantos, lleva la luz oculta en la humanidad, su vasija de barro. Lleva un tesoro escondido en su corazón para entregarlo a la humanidad y enriquecerla, Jesús el más bello de los hijos de los hombres, se ha colocado en la fila de los pecadores. Busca a Juan, el hombre recio y firme, la voz que clama en ese desierto del Jordán. Busca ser bautizado con un bautismo de penitencia, de cambio de vía,  de conversión. El Santo de Dios asume, en su amor universal, al hombre pecador; se siente pecado, quien no tuvo pecado. Es el misterio de su amor compasivo y misericordioso.

Juan se estremece. ¿Cómo es posible que el siervo bautice a su Señor? Y se resiste. Al final, la Palabra supera la voz. Y Jesús, en callado amor, con un grupo de hombres pecadores -la humanidad- se sumerge, en comunidad, en las aguas. Se ha abajado,  se ha humillado, se ha sepultado como experiencia pascual. Jesús es el Redentor, el Salvador de la humanidad. Es el nuevo Adán que nos entrega la vida divina.

Es el gran momento de la gran epifanía del Padre. Se rasga el cielo, se abre la gracia a la salvación, se hace cercano a lo distante. Es el momento en que el Padre proclama: "Este es mi Hijo amado, mi predilecto, en quién me complazco", Es el momento en que el Padre, lleno con el Corazón de gozo y júbilo, aplaude al hijo y le dice: "Qué bien, hijo. Así me gusta verte. Metido en la comunidad de los pecadores para que los liberes de la muerte, del pecado. Siento orgullo por ti, hijo amado, porque te has hundido hasta lo más bajo de la tierra donde has vivido: el pecado de la humanidad".

Es el momento en que el Padre derrama sobre el Hijo, su Espíritu de amor y verdad, su Espíritu de vida y libertad. Y sobre el enviado, mientras está orando, desciende la fuerza de lo alto, al ritmo y vuelo de la paloma. Cae sobre él con fuerza y poder, con dulzura y suavidad. Y Jesús es ungido, plenificado, y al mismo tiempo invadido en su humanidad y la nuestra por el Espíritu del Padre, esta fortalecido, con energía y fuerza, para llevar adelante la obra salvadora de la humanidad. Y el Espíritu encuentra en Jesús de Nazareth su nido, allí se ha escondido, allí fecunda al hombre Jesús con sus gracias, dones, carismas, Allí el Espíritu posee la humanidad de Jesús y lo convierte en el sumo eterno Sacerdote, con más fuerza, lo convierte en el profeta de Dios, que anunciará y denunciará el mal de los corazones y los abrirá al bien. Allí el Espíritu alentará al Rey y Pastor para que se lance en busca de las ovejas perdidas, para devolverlas al único redil.

Es el momento del gran bautismo de Cristo en el fuego y sangre de la Cruz. Es el signo de nuestro bautismo, donde fuimos sumergidos en el Jordán del costado de Cristo, donde su sangre y agua nos purificó y nos dió una vida nueva, "la vida nueva de Cristo". Por el bautismo he recibido el amor del Padre, la gracia del Hijo y la vida del Espíritu Santo. Por el bautismo, en el agua y Espíritu, Dios es mi amigo. Soy templo, morada, mansión de la Trinidad, ese gran tesoro escondido que llevo en la arcilla de mi pobre corazón.

Y en  mi bautismo, nuevo nacimiento a la vida de Dios, recibí la fe, que es la configuración con Cristo que me lleva a amar con el amor de Dios. Por el bautismo fui injertado en ese árbol robusto de la Iglesia, y en ella y con ella soy sacerdote, profeta y pastor. Y esa riqueza me lleva a dar esa vida en abundancia en la construcción del Reino.

Por el bautismo soy peregrino, con Cristo, bajo la acción del Espíritu, al encuentro del Padre. Camino en la comunidad de la Iglesia, camino con el deseo ardiente de llegar al Reino definitivo. Es tiempo de compromiso. Es tiempo de lanzar a los cuatro vientos mis riquezas bautismales. Es tiempo de jugarme el tipo por la Causa de Jesús y su Evangelio. Quiero seguir a Jesús en su misión en la tierra. Quiero ser como él, sal, luz y fermento.

Emilio Mazariegos.

miércoles, 5 de abril de 2017

Llamados a ser libres...



No solo  es esclavo el que sirve a otro por unos centavos y no tiene libertad de expresión ni de movimiento. La esclavitud tiene muchos nombres y apellidos. Los seres humanos sufren distintas clases de ataduras; hay personas que están amarradas con grandes cadenas o maromas; otras con cordeles e hilos más finos; hay de las que no tienen ninguna atadura exterior pero están fascinados con otro tipo de ataduras; y están las que tienen de todo y pueden ir donde quieran, pero son esclavos de sí mismos; de sus pasiones, de sus caprichos, de sus bienes, tanto materiales como emocionales.

Muchas son las ataduras que sufre el ser humano, de cualquier clase y condición y, por muy pequeñas que sean, cuesta desprenderse de ellas. La persona lleva dentro el germen y la llamada a la libertad, pero al mismo tiempo tiene deseos de ser libre y querer volar, algo o alguien le atenaza en su interior, su misma condición humana.

El fruto de la Verdad es la libertad..

El cristiano tiene que ser consciente de que la libertad le viene de ser hijo de Dios, de tener un corazón de hijo y no de esclavo. Pablo dice que cuando se cumplió el plazo, envió Dios a su Hijo, nacido de mujer, sometido a la ley, para rescatar a los que estaban sometidos a la ley, para que recibiéramos la condición de hijos. Y la prueba de que somos hijos  es que Dios envió a su interior el Espíritu de su Hijo, que grita: "¡Abbá! ¡Padre!" (Ga. 4, 4-6). Al ser hijo,  no se está sujeto a ley, sino que se sirve con un espíritu nuevo (Rm. 7,6). Esta filiación la ha grabado Dios en nuestros corazones y por eso somos su pueblo. (Jr. 31, 31-33).

La Verdad es fuente de libertad y el amor conduce a ella. Se es libre cuando nadie nos priva de la libertad y cuando nosotros respetamos la libertad de los otros. El camino de la libertad es largo y no se consigue cuando se ha alcanzado una meta, sino cuando se ha llegado al final. Para ser un buen hijo hay que seguir los pasos de Jesús para poder ser libres y, como él hay que pasar por la muerte, por la noche oscura. Y claro, muchos por miedo a la noche, al dolor, a la muerte, no emprenden el camino de la libertad y, si lo han empezado, se estancan donde están o dan marcha atrás. Ustedes caminaban bien, ¿quién les dio la señal de detenerse, para que ahora no sigan la verdad? Porque ésa no era la voz de Aquel que los llamó. (Ga. 5, 7-8)
Cristo nos dió libertad para  que seamos libres. Por lo tanto manténganse ustedes  firmes y no se sometan de nuevo al yugo de la esclavitud. (Ga. 5, 1)

El Espíritu Santo es el actor decisivo caminemos bajo su impulso (Gal 5, 25) ya que donde esta el Espíritu del Señor allí esta la libertad. El Espíritu es el que nos da las fuerzas para doblegar el pecado, El Espíritu nos dice que somos hijos amados de Dios y,  lo que es más importante, el Espíritu es el que nos convence de que realmente hemos sido crucificados con Cristo y muertos al pecado y que Cristo mismo vive en nosotros.

¿Qué es libertad y que es la esclavitud? Hemos sido llamados a la libertad. Pero no usen esa libertad para dar rienda suelta a sus instintos" (Gal 5,13) ¿Para qué podemos usar la libertad que nos dio Cristo? "Sírvanse los unos a los otros por amor" (Gal 5, 13), nos aconseja San Pablo.
El Cristiano verdadero, el auténtico, el fiel en todo hace como Jesús: no deja de cumplir una sola palabra ni quebranta una tilde de la Ley. "Se hundirán el cielo y la tierra, pero yo no quebranto la ley (Mateo 5, 17-18). Entonces ¿no se convierte en un esclavo? No, por que eso lo hace con una libertad total. La ley antigua pasó. Ahora es una ley de amor y de libertad la que nosotros vivimos. Hemos aprendido de Jesús y los Apóstoles que el hombre es antes que la ley; que lo principal es el amor, la bondad, la misericordia; y que la vida cristiana es justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo (Romanos 14, 17)

Cuando hay libertad no hay miedos, porque no hay nada que perderporque no exige nada a cambio; pero quien la visita, -la tiene- vive en paz.

Fuente: Compañeros y luces en el camino
Eusebio Gómez Navarro

lunes, 13 de marzo de 2017

Tabor...símbolo de la vida de oración del apóstol.


Jesús se ha sumergido en el Espíritu que lo llena y se ha perdido en profunda contemplación. Su rica vida interior, su vida espiritual, el fuego que lo invade, rompe su humanidad y se hace luz y belleza, blancura y hermosura. Jesús deja que la divinidad que lo llena se irradie a través de su humanidad para que los suyos lo contemplen glorioso, exaltado, resplandeciente. Es como una experiencia anticipada de su resurrección, Da sentido profundo a la cruz, camino de la luz gloriosa. 

Con el dialogan Moisés, el líder de su pueblo, el gran contemplativo y libertador de Israel,  y Elías, el profeta de fuego, el gran orante que arrancaba de Dios la lluvia y el fuego, la paz y la guerra. El orante es fuerza y sabiduría de Dios en el mundo.


Jesús lleva consigo a Juan, Santiago y Pedro, quiere que se embriaguen de la experiencia de la luz, de la belleza de su esplendor. Los tres discípulos están idos. Los posee la admiración, encantamiento, el sentirse pequeños. Se sienten seducidos, fascinados, deslumbrados por la hermosura soberana de Jesús. Los tres son todo ojos para verlo lleno de grandeza; son todo oídos para escuchar los sentimientos de su corazón; son todo olfato para sentir el aroma de su belleza; son todo gusto para saborear la dulzura del Señor; son todo tacto para tocar desde la fe al Dios y Hombre; al Hombre y Dios. Luego, lo que han visto, han oído, han gustado y tocado, es lo que anuncian.

Es el momento cumbre en el que el Padre se manifiesta expresando todo su amor al hijo. Y le dice "Éste es mi hijo amado, mi predilecto, escúchenlo". Y ellos se sienten amados del Padre, escogidos del Padre, predilectos del Padre en Jesús. Ellos no están en ellos; están sumergidos en la divinidad de Jesús que irradia su humanidad. Los tres sienten que es bueno quedarse allí. Los tres se dejan penetrar por la nube luminosa, el Espíritu, que los cubre y fecunda. Los tres se sienten transportados, transfigurados, renacidos en el Hijo amado.

¿Cuanto tiempo pasó? El orante pierde las coordenadas del tiempo y del espacio. Entra en una experiencia del totalmente Otro, de la eternidad. El orante saborea ya la vida eterna, la luz eterna, la paz eterna.  Cuando se quieren dar cuenta se quedan "con Jesús solo". Vuelve ante el Jesús humano que guarda dentro la divinidad. Lo sienten más Hijo de Dios, más el Cristo. Los tres escuchan a Jesús que les habla de lo mucho que va a sufrir en otro monte: el Gólgota.

Y bajan despacio. Y han intuido que la misión clama por espacios de contemplación. Porque llevan en el alma una fuerza, un fuego capaz de incendiar la tierra. Ahora sí; ahora serán capaces de "tomar parte en los duros trabajos del Evangelio"; ahora entienden que Dios "no nos ha dado un espíritu de cobardía, sino de fuerza, amor y buen sentido". Ahora saben que la acción sin la contemplación no es misión. Y caminan con Jesús al ritmo de su paso.

Sin oración la misión no tiene fuerza para ayudar a cambiar los corazones. La oración es el alma de todo apostolado. El mismo Jesús lo dice: "Quién está unido conmigo y yo con él, ése da mucho fruto. Porque separados de mí, no pueden hacer nada".  La oración es cuestión de fe. Somos orantes  en la medida en que somos creyentes; aún la misma fe depende de la vida de oración. Quien ha descubierto a Jesús como orante  ha encontrado un tesoro.  Un orante, donde realiza su misión, hace presente a Jesús; lleva en las venas de su alma el fuego del Espíritu, sabe estar a solas con Jesús y sabe también llevar a los hermanos el fuego de Jesús.




jueves, 23 de febrero de 2017

COSECHAS LO QUE SIEMBRAS


La palabra de DIOS afirma:

El que siembra escasamente, cosecha poco.
El que siembra generosamente,
Cosecha abundancia.
                                     2 Cor 9,6

Depende cuánto y cómo damos, es la medida de lo que recibimos. El banco de la vida es justo y nos devuelve lo mismo que antes depositamos.

Además, San Pablo nos advierte, basado en su propia experiencia:

Lo que uno siembre, eso cosechará.
Quien siembra en la carne,
Cosecha corrupción.

Pero el que siembra en el espíritu,
Cosecha vida eterna:

                                   Gal 6, 7-8


Cada uno cosecha y recibe lo que ha sembrado y dado.

Si anhelas más amor en el mundo, siembra amor a tu alrededor. Pero si deseas poco amor, da poco.
Si esperas felicidad, da felicidad a quienes te rodean.

Si quieres sonrisas y bendiciones, sonríe y bendice.
Si te gusta cosechar desprecios, desprecia,

Si deseas bienes materiales, compártelos.
Si buscas amigos, hazlos.

Si prefieres soledad, enciérrate en ti mismo.
Si necesitas que te escuchen, escucha a los demás.

Si quieres una mejor familia, atiéndela.

Si hasta el día de hoy has estado cosechando soledad, enfermedades, tristezas, traiciones, no culpes a los otros. Mejor revisa tu morral para identificar las semillas que has estado sembrando, y cambia las semillas si es necesario, para que pronto, muy pronto puedas cosechar frutos abundantes y permanentes  (Jn 16, 8-16)


Señor, percibo que hoy estoy cosechando lo que anteriormente he sembrado.
Cuando sembré poco, coseché escaso, pero cuando sembré mucho recogí  en abundancia: Mucho amor o resentimiento, poca alegría o paciencia. Mucha esperanza o confianza, poca salud y amistad. Cada vez que sembré vientos, coseché tempestades. Cuando sembré paz, me regresó con altos intereses. Si espigo corrupción y muerte, es porque antes invertí en la carne. Pero cuando sembré en el espíritu, he constatado frutos de vida eterna.
Por otro lado Señor, yo soy el campo. Siembra tu palabra que es espíritu y vida, viva y eficaz, para que de fruto al ciento por uno.

Que el eco del ESPIRITÚ SANTO, que sopla como quiere, multiplique con creces la vida en abundancia que tú siembras en mi corazón.

lunes, 20 de febrero de 2017

La queja de Jesús...

Me llamas Maestro... y no me preguntas.

Me llamas Luz... y no me ves.

Me llamas Verdad... y no me crees.

Me llamas Camino... y no me sigues.



Dices que soy Divino... y no me amas.
Dices que soy Generoso... y no me pides.

Dices que soy Misericordioso... y no confías en mí.
Dices que soy Noble... y no me sirves.

Dices que soy Omnipotente... y no me honras. 
Dices que soy Justo... y no me temes.


Señor, hoy te pido por todos mis amigos...

Tu sabes cuáles, cuántos y cómo son. Algunos más antiguos y otros más recientes, algunos alegres y expresivos... otros tímidos y callados; Otros sinceros y bulliciosos... en fin, todos diferentes, todos especiales y muy valiosos.

Te pido que tengan una buena comunicación contigo... aunque a veces entre nosotros no nos comuniquemos tanto. Que con sus padres y hermanos y en general su familia, compartan mucho... Aunque a veces sin quererlo, nuestro compartir como amigos no sea tan frecuente. Que cuando brinden su cariño a otros, lo hagan con dedicación y lealtad, y obren siempre con sinceridad... 

Aunque a veces la gente que encuentren en su diario vivir no les responda así.

Pero lo que más te pido, Señor, es que el día en que nos llames y nos encontremos todos ahí contigo, sigamos contando los unos con los otros y podamos decir que...

!! SEGUIMOS SIENDO BUENOS AMIGOS !!

Hazme sordo Señor...

NO, cures, Señor, mi sordera.
Hazme sordo para las malas noticias.

Que no escuche ni se alberguen en mi corazón los pensamientos negativos que crean actitudes pesimistas destructivas.

Hazme sordo cuando me dicen que no puedo, que es imposible y que no vale la pena.

Hazme sordo, Señor, para no escuchar a los profetas de desventuras, pero al mismo tiempo, transformame en alegre mensajero de buenas noticias que no apagan la mecha que humea, sino que creen en milagros y esperan contra toda esperanza, porque mi  fe esta cimentada en que un muerto ha resucitado al tercer día.

De manera especial hazme sordo a mis voces internas que aparecen como fantasmas para desanimarme y desalentarme. Que no me deje influir, ni siquiera por mí mismo, cuando el cielo se tiña de gris o el mar amenace con tormentas.

Y cuando vengan a decirme que ya no hay nada que hacer, Señor háblame más fuerte y repíteme: 

Ve, tu fe te ha salvado. No tengas miedo. Amén.

La sordera ante las posturas de derrota, es la vacuna para no contaminarnos de tristeza o desánimo. Las palabras que se albergan en nuestra mente tienen un efecto inmediato; para bien o para mal. Por eso, hay que cerrar la puerta al pesimismo.

No puedes evitar los amargos frutos de la frustración de los demás, pero sí eres capaz de inmunizarte contra sus estragos. No permitas que personas con mente negativa derrumben las mejores y más ricas esperanzas de tu corazón. No consientas que los vientos de las críticas apaguen la llama de la esperanza.

Sé sordo al negativismo y pesimismo, así como a quienes desconfían de ti, asegurándote que no puedes realizar tus sueños.  Si atiendes y das crédito a quienes te hacen temblar con noticias alarmantes y negativas, vas a vivir en  temor y la zozobra.

Somos receptores tanto de buenas como de malas noticias, pero nosotros tenemos la capacidad de abrirnos a las primeras y cerrarnos a las segundas.

Sin embargo, las voces más peligrosas, no vienen de afuera, sino de dentro de nosotros mismos.

En nuestro interior también generamos fantasmas que nos asustan.

Por eso, se sordo a tus gemidos lastimeros que te convierten en víctima y te conducen a la autocompasión. No te creas cuando del fondo de tu corazón brota una voz que repite:


“No puedo, no vale la pena, es imposible.”

martes, 7 de febrero de 2017

Padre de mi Padre

“Hay una ruptura en la historia de la familia, donde las edades se acumulan y se superponen y el orden natural no tiene sentido: es cuando el hijo se convierte en el padre de su padre”. Es cuando el padre se hace mayor y comienza a trotar como si estuviera dentro de la niebla. Lento, lento, impreciso. Es cuando uno de los padres que te tomó con fuerza de la mano cuando eras pequeño ya no quiere estar solo. Es cuando el padre, una vez firme e insuperable, se debilita y toma aliento dos veces antes de levantarse de su lugar. Es cuando el padre, que en otro tiempo había mandado y ordenado, hoy solo suspira, solo gime, y busca dónde está la puerta y la ventana - todo corredor ahora está lejos. Es cuando uno de los padres antes dispuesto y trabajador fracasa en ponerse su propia ropa y no recuerda tomar sus medicamentos. 

Y nosotros, como hijos, no haremos otra cosa sino aceptar que somos responsables de esa vida.  Aquella vida que nos engendró depende de nuestra vida para morir en paz. Todo hijo es el padre de la muerte de su padre. Tal vez la vejez del padre y de la madre es curiosamente el último embarazo. Nuestra última enseñanza. Una oportunidad para devolver los cuidados y el amor que nos han dado por décadas. 

Y así como adaptamos nuestra casa para cuidar de nuestros bebés, bloqueando tomas de luz y poniendo corralitos, ahora vamos a cambiar la distribución de los muebles para nuestros padres. La primera transformación ocurre en el cuarto de baño. Seremos los padres de nuestros padres los que ahora pondremos una barra en la regadera. La barra es emblemática. La barra es simbólica. La barra es inaugurar el “destemplamiento de las aguas”. Porque la ducha, simple y refrescante, ahora es una tempestad para los viejos pies de nuestros protectores. No podemos dejarlos ningún momento. La casa de quien cuida de sus padres tendrá abrazaderas por las paredes. Y nuestros brazos se extenderán en forma de barandillas. 

Envejecer es caminar sosteniéndose de los objetos, envejecer es incluso subir escaleras sin escalones. Seremos extraños en nuestra propia casa. Observaremos cada detalle con miedo y desconocimiento, con duda y preocupación. Seremos arquitectos, diseñadores, ingenieros frustrados. ¿Cómo no previmos que nuestros padres se enfermarían y necesitarían de nosotros? Nos lamentaremos de los sofás, las estatuas y la escalera de caracol. Lamentaremos todos los obstáculos y la alfombra. Feliz el hijo que es el padre de su padre antes de su muerte, y pobre del hijo que aparece sólo en el funeral y no se despide un poco cada día. 

Mi amigo Joseph Klein acompañó a su padre hasta sus últimos minutos. En el hospital, la enfermera hacía la maniobra para moverlo de la cama a la camilla, tratando de cambiar las sábanas cuando Joe gritó desde su asiento: Deja que te ayude. Reunió fuerzas y tomó por primera vez a su padre en su regazo. Colocó la cara de su padre contra su pecho. Acomodó en sus hombros a su padre consumido por el cáncer: pequeño, arrugado, frágil, tembloroso. Se quedó abrazándolo por un buen tiempo, el tiempo equivalente a su infancia, el tiempo equivalente a su adolescencia, un buen tiempo, un tiempo interminable. Meciendo a su padre de un lado al otro. Acariciando a su padre. Calmando él a su padre. Y decía en voz baja:

- ¡Estoy aquí, estoy aquí, papá! “Lo que un padre quiere oír al final de su vida es que su hijo está ahí”.




Largo... hondo... reflexivo.
Ojala puedan compartirlo a sus familias. Una necesaria reflexión.!

lunes, 28 de septiembre de 2015

MI VIDA EN LIBROS

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Ha salido, por la Gracia de Dios, un nuevo libro a la luz. Una palabra para cada día es el resultado de mis reflexiones diarias a la luz del Evangelio. Se trata de una periódo que recoge el diálogo con el Señor y mis esfuerzo de escucharle y de vivenciar su Palabra.
Es una oración diaria que al mismo tiempo pido para mí de todos aquellos que lo lean.


MIS OTROS LIBROS



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También, dentro de unos 10 o 15 días pondrán estar a la venta en la librería San Ginés. Los beneficios serán para las obras sociales y de ayuda de la parroquia San Ginés.