En la comunidad se hace presente el amor, y en ella, nos esforzarnos en reflexionar, escuchar, orar y hablar con el Señor. De esta forma, testimoniamos que creemos y amamos al SEÑOR.
Arrecife a, 14 de abril de 20222
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos
12,35-37.
Marcos 12 35-37
Jesús se puso a enseñar en el Templo y preguntaba:
"¿Cómo pueden decir los escribas que el Mesías es hijo de David?
El mismo David ha dicho, movido por el Espíritu Santo: Dijo
el Señor a mi Señor: Siéntate a mi derecha, hasta que ponga a tus enemigos
debajo de tus pies.
Si el mismo David lo llama 'Señor', ¿Cómo puede ser hijo
suyo?". La multitud escuchaba a Jesús con agrado.
La contemporaneidad de Cristo con cada generación, con cada
hombre, sólo es posible si se actualiza, si se revive, el misterio de la
Redención a través del gran milagro de la Eucaristía, desde las manos y los
labios de un sacerdote.
Allí donde hay un sacerdote, allí donde un cristiano acoge
desde la fe y el amor la invitación de Cristo a seguirlo en la Iglesia como
ministro, como servidor, como “presbítero”, allí habrá Eucaristía. Gracias a
ese sacerdote muchos hombres y mujeres podrán tocar, palpar, sentirse cercanos
a Jesús de Nazaret.
Desde esta perspectiva comprendemos la importancia que, para
la Iglesia y para todo el género humano, reviste la figura del sacerdote.
Hombre tomado entre los hombres, cristiano entre los
cristianos, ministro y servidor para sus hermanos, el sacerdote hace presente
la acción de Dios, desde el gran milagro de la Encarnación del Hijo, en un
mundo que necesita, ayer, hoy, y mientras duren los tiempos, una ayuda para
vencer el misterio del pecado, para entrar en la dimensión de la gracia.
Ello es posible por la especial unión que se da entre el
sacerdote y el mismo Jesús. La fórmula sacerdos, alter Christus (el sacerdote,
otro Cristo) recoge una enseñanza constante de la Iglesia y expresa una verdad
profunda, experiencial. Esta unión es mucho más visible a través de los
sacramentos, en los que el sacerdote actúa in persona Christi. Juan Pablo II
explicaba el sentido profundo de esta fórmula:
“El sacerdote ofrece el Santo Sacrificio «in persona
Christi», lo cual quiere decir más que «en nombre», o también «en vez» de
Cristo. «In persona»: es decir, en la identificación específica, sacramental,
con el «sumo y eterno Sacerdote», que es el autor y el sujeto principal de su
propio sacrificio, en el que, en verdad, no puede ser sustituido por nadie”
(Carta apostólica Dominicae Cenae, 24 de febrero de 1980, n. 8; cf. carta
encíclica Ecclesia de Eucharistia, 17 de abril de 2003, nn. 29, 52).
Desde la fe, la Iglesia, que nace y vive de la Eucaristía,
que se constituye desde los sacramentos y desde la escucha y predicación de la
Sagrada Escritura, aprecia cada vocación a la vida sacerdotal como un don
particular del Dueño de la viña, como una esperanza y una certeza: continúa la
acción divina en el mundo, continúa el “toque” particular de Jesús en cada
corazón y en la Iglesia toda.
Por eso cada obispo, cada presbítero, cada bautizado, debe
sentir como algo propio la urgencia de promover y de rogar insistentemente por
la llegada de nuevos y santos sacerdotes. Lo recuerda la encíclica de Juan
Pablo II "Ecclesia de Eucharistia" en el n. 31:
“Del carácter central de la Eucaristía en la vida y en el
ministerio de los sacerdotes se deriva también su puesto central en la pastoral
de las vocaciones sacerdotales. Ante todo, porque la plegaria por las
vocaciones encuentra en ella la máxima unión con la oración de Cristo sumo y
eterno Sacerdote; pero también porque la diligencia y esmero de los sacerdotes
en el ministerio eucarístico, unido a la promoción de la participación
consciente, activa y fructuosa de los fieles en la Eucaristía, es un ejemplo
eficaz y un incentivo a la respuesta generosa de los jóvenes a la llamada de
Dios. Él se sirve a menudo del ejemplo de la caridad pastoral ferviente de un
sacerdote para sembrar y desarrollar en el corazón del joven el germen de la
llamada al sacerdocio”.
La misión que espera a cada sacerdote coincide con la de
Cristo, y exige un acompañamiento formativo esmerado y profundo. Habrá buenos y
santos sacerdotes si los llamados a este servicio viven, con sencillez y con
amor, el Evangelio completo, auténtico, en su plenitud: caridad, vigilancia,
oración, esperanza y entrega sin límites. Junto a la formación espiritual, el
joven llamado al sacerdocio, hombre tomado entre los hombres, necesita una
formación humana e intelectual muy rica, enraizada en la experiencia milenaria
de la Iglesia.
El centro de toda la formación y de toda la experiencia
pastoral de los sacerdotes será siempre la Eucaristía. Del sacrificio
eucarístico arranca la vida espiritual, una vida espiritual que lleva a ahondar
y a profundizar aún más en el misterio del Amor de Dios. Junto al altar, junto
al tabernáculo, el sacerdote configura toda su psicología, todo su actuar, con
el modo de ser, de pensar, de hablar, de Cristo, Maestro y Pastor, hasta el
punto de poder dar, como Jesús, la vida por sus hermanos.
El Papa Benedicto XVI recordaba la importancia de la oración
en la vida del sacerdote que quiere configurarse en todo con Cristo.
“El sacerdote que ora mucho, y que ora bien, se va
desprendiendo progresivamente de sí mismo y se une cada vez más a Jesús, buen
Pastor y Servidor de los hermanos. Al igual que él, también el sacerdote «da su
vida» por las ovejas que le han sido encomendadas. Nadie se la quita: él mismo
la da, en unión con Cristo Señor, que tiene el poder de dar su vida y el poder
de recuperarla no sólo para sí, sino también para sus amigos, unidos a él por
el sacramento del Orden. Así, la misma vida de Cristo, Cordero y Pastor, se
comunica a toda la grey mediante los ministros consagrados” (Benedicto XVI, 3
de mayo de 2009).
Esa es la experiencia de cada sacerdote que lo ha dado todo.
Esa es la experiencia que celebran las comunidades cristianas cuando ven
madurar, ven crecer en la entrega, a los sacerdotes. Esa es la experiencia que
hace que muchos hombres y mujeres aviven la esperanza ante un hombre
aparentemente normal, marcado por sus propias debilidades y carencias, pero que
trae al mundo un rayo de luz porque es, simplemente, sacerdote.
Necesitamos reconocer que Dios ha estado grande con su
Iglesia. Necesitamos darle gracias por la fidelidad de cada sacerdote y por la
energía con la que no deja de invitar, en el amor y en el respeto, a muchos
jóvenes para que digan un sí generoso a Cristo y a la Iglesia, en una humanidad
que vive con tantas sombras, pero que necesita aferrarse a la esperanza que
nace de una certeza: “yo estoy con vosotros todos los días hasta el fin del
mundo” (Mt 28,20).
Autor: P. Fernando Pascual L.C. | Fuente: Catholic net
A las 20 horas celebración de la Eucaristía de Acción de Gracias en la iglesia parroquial de San Miguel de Tuineje. Al finalizar tendremos un brindis en los salones parroquiales. Están todos invitados.
Hoy el Papa Francisco nos habla de la oración. Una oración diferente, hecha por Jesús y fuera de los criterios humanos. Una oración que resume la relación amorosa de un Padre con sus hijos. Una oración cercana, humana y en la que, como nos dice el Papa, podemos llamar a Dios nuestro "papá". Y en la que nos sentimos amados, protegidos y acompañados.
Jesús, nuestro Señor, nos enseña y nos revela, como continúa diciéndonos el Papa, el Amor del Padre. Un Amor que se dibuja en la parábola del Hijo pródigo, o también, del Padre amoroso. Su Misericordia nos salva y nos perdona, y eso nos da esperanza y confianza para levantarnos y, a pesar de nuestros errores, caídas y pecados, emprender confiados el regreso a su Casa.
El modo de rezar de Jesús atraía la atención de sus discípulos y un día le pidieron que les enseñase cómo hacerlo. Él les enseñó el «Padre Nuestro», la oración cristiana por excelencia. En la sencilla invocación «Padre» se resume todo el misterio de nuestra oración.
Con Jesús podemos llamar a Dios: «Abba», que es un término que muestra confianza y cercanía, y que podríamos traducir por «papá». Dios es nuestro «papá», y llamarlo así nos pone en estrecha relación con él, como un niño que se siente amado y protegido por su padre.
Jesús en la parábola del padre misericordioso nos presenta a Dios como un Padre bueno. No actúa al modo humano, sino a la manera divina, «amando» de forma diferente. Cuando el hijo pródigo vuelve a casa, después de haber derrochado todos sus bienes, el padre sale a recibirlo y no le aplica criterios de justicia humana, sino que lo perdona y lo abraza, mostrándole cuánto ha sentido su ausencia. Este es el misterio insondable de Dios que no puede dejar de amar a sus hijos. Esta certeza es la base de nuestra esperanza.
Saludos:
Saludo cordialmente a los peregrinos de lengua española, en particular a los grupos provenientes de España y Latinoamérica.
Los invito a dirigirse a Dios, nuestro Padre, en todo momento y circunstancia. No nos encerremos en nosotros mismos, sino que acudamos con confianza a él, que como Padre bueno nos mira con amor y nunca nos abandona.
Se le acercaron unos saduceos, que son los que niegan la
resurrección, y le propusieron este caso:
"Maestro, Moisés nos ha ordenado lo siguiente: 'Si
alguien está casado y muere sin tener hijos, que su hermano, para darle
descendencia, se case con la viuda'.
Ahora bien, había siete hermanos. El primero se casó y murió
sin tener hijos.
El segundo se casó con la viuda y también murió sin tener
hijos; lo mismo ocurrió con el tercero; y así ninguno de los siete dejó descendencia. Después de
todos ellos, murió la mujer.
Cuando resuciten los muertos, ¿de quién será esposa, ya que
los siete la tuvieron por mujer?".
Jesús les dijo: "¿No será que ustedes están equivocados
por no comprender las Escrituras ni el poder de Dios?
Cuando resuciten los muertos, ni los hombres ni las mujeres
se casarán, sino que serán como ángeles en el cielo. Y con respecto a la resurrección de los muertos, ¿no han
leído en el Libro de Moisés, en el pasaje de la zarza, lo que Dios le dijo: Yo
soy el Dios de Abraham, el Dios de Isaac y el Dios de Jacob? El no es un Dios de muertos, sino de vivientes. Ustedes
están en un grave error".
Evangelio de Nuestro Señor Jesucristo según San Marcos
12,13-17
Marcos 12, 13-17
Le enviaron después a unos fariseos y herodianos para
sorprenderlo en alguna de sus afirmaciones.
Ellos fueron y le dijeron: "Maestro, sabemos que eres
sincero y no tienes en cuenta la condición de las personas, porque no te fijas
en la categoría de nadie, sino que enseñas con toda fidelidad el camino de
Dios. ¿Está permitido pagar el impuesto al César o no? ¿Debemos pagarla o
no?".
Pero él, conociendo su hipocresía, les dijo: "¿Por qué
me tienden una trampa? Muéstrenme un denario". Cuando se lo mostraron, preguntó: "¿De quién es esta
figura y esta inscripción?". Respondieron: "Del César".
Entonces Jesús les dijo: "Den al César lo que es del
César, y a Dios, lo que es de Dios". Y ellos quedaron sorprendidos por la
respuesta.
Palabra del Señor
Reflexión del Evangelio:
En el evangelio de hoy continúa el enfrentamiento entre
Jesús y las autoridades. Los sacerdotes, ancianos y escribas habían sido
criticados y denunciados por Jesús en la parábola de la viña (Mc 12,1-12).
Ahora, los mismos piden a los fariseos y a los herodianos que preparen una encerrona
contra Jesús, para poderlo acusar y condenar. Preguntaban a Jesús sobre el
impuesto que había que pagar a los romanos. Era un asunto polémico que dividía
a la opinión pública. Los adversarios de Jesús querían a toda costa acusarlo
para menguar su influencia ante la gente. Grupos, que antes eran enemigos entre
sí, ahora se unen para luchar en contra de Jesús que invadía, según ellos, su
terreno. Esto sigue ocurriendo hoy. Muchas veces, personas o grupos, enemigos
entre sí, se unen para defender sus privilegios contra aquellos que los
incomodan con el anuncio de la verdad y de la justicia.
La pregunta de los fariseos y de los herodianos. Fariseos y
herodianos eran las lideranzas locales en los poblados de Galilea. Mucho antes,
habían decidido matar a Jesús (Mc 3,6). Ahora, al mando de los Sacerdotes y de
los Ancianos, quieren saber de Jesús si está a favor o contra el pago del
impuesto a los romanos, a César. Pregunta experta, ¡llena de malicia! Bajo la
apariencia de fidelidad a la ley de Dios, buscan motivos para poderle acusar.
Si Jesús dijera: “¡Tienes que pagar!”, podrían acusarle ante el pueblo de ser
amigos de los romanos. Si dijera: “¡No hay que pagar!”, podrían acusarle ante
las autoridades romanas de ser subversivo. ¡Parecía un callejón sin salida!
La respuesta de Jesús. Jesús percibe la hipocresía. En su
respuesta, no pierde tiempo en inútiles discusiones y va derecho al núcleo de
la cuestión. En vez de responder y de discutir el asunto del tributo a César, pide
que le muestren la moneda, y pregunta: "¿De quién es esta imagen e
inserción?" Ellos responden: "¡De César!" Respuesta de Jesús: "Lo
del César, devolvédselo al César, y lo de Dios, a Dios!”. En la práctica
reconocían ya la autoridad de César. Ya estaban dando a César lo que era de
César, pues usaban sus monedas para comprar y vender y hasta para pagar ¡el
impuesto al Templo! Lo que interesa a Jesús es que “den a Dios lo que es de
Dios”, esto es, que devuelvan a Dios el pueblo, por ellos desviado, pues con
sus enseñanzas bloqueaban a la gente la venida del Reino (Mt 23,13). Otros
explicaban esta frase de Jesús de otro modo: “¡Den a Dios lo de Dios!”, esto
es, practiquen la justicia y la honestidad según lo que exige la Ley de Dios,
pues por la hipocresía ustedes están negando a Dios lo que se le debe. Los
discípulos y las discípulas deben ¡tomar conciencia! Pues era el fermento de
estos fariseos y herodianos lo que les estaba cegando los ojos (Mc 8,15).
La próxima semana
terminan las catequesis. Habrá una el lunes, 20 horas después de la Eucaristía
de las 19, 30. También el miércoles y terminaremos con una convivencia
voluntaria el fin de semana.
Nunca es tarde para
aquellos que no han asistido a las ya compartidas. Porque, el Espíritu sopla
cuándo, dónde y cómo, y está entre nosotros. Así que si sientes que te llama,
acude y no pierdas esa oportunidad de responderle.