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Beata Mª Dolores Rodríguez Sopeña
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Nace en Vélez Rubio (provincia de Almería, España) el 30 de
diciembre de 1848. En 1866, su padre es nombrado Fiscal de la Audiencia
de Almería. Dolores tiene 17 años. Allí empieza a frecuentar la
sociedad, pero a ella no le llamaban la atención las fiestas ni la vida
social; su interés es hacer bien a los demás. En Almería tiene sus
primeras experiencias apostólicas: atiende, material y espiritualmente, a
dos hermanas enfermas de tifus y a un leproso, todo ello a escondidas
por miedo a que se lo prohibiesen sus padres.
En 1872 viaja con la familia a Puerto Rico. Allí funda la Asociación de
Hijas de María y Escuelas para las personas de color donde se alfabetiza
y enseña el catecismo. De vuelta a España, en Madrid, organiza su vida
en tres frentes: el cuidado de la casa y de su padre, el apostolado, el
mismo que hacía antes de dejar la Península, y su vida espiritual: elige
director espiritual y empieza a hacer anualmente los Ejercicios
Espirituales de san Ignacio.
A sugerencia del obispo de Madrid, en 1892 funda una Asociación de
Apostolado Seglar hoy denominado «Movimiento de Laicos Sopeña». La Obra
se extiende en 8 barrios de la capital. Una de sus grandes intuiciones
fue fundar, al mismo tiempo, una Asociación civil, hoy llamada «Obra
Social y Cultural Sopeña - OSCUS». En pocos años, establece comunidades y
Centros en las ciudades más industrializadas de entonces, para
acompañar y evangelizar el entramado obrero. Muere tal día como hoy en
1918.
SALMO 79:
Ven, Señor, a visitar tu viña
Pastor de Israel, escucha,
tú que guías a José como a un rebaño;
tú que te sientas sobre querubines, resplandece
ante Efraín, Benjamín y Manasés;
despierta tu poder y ven a salvarnos.
Oh Dios, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.
Señor, Dios de los ejércitos,
¿hasta cuando estarás airado
mientras tu pueblo te suplica?
Les diste a comer llanto,
a beber lágrimas a tragos;
nos entregaste a las contiendas de nuestros vecinos,
nuestros enemigos se burlan de nosotros.
Dios de los ejércitos, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.
Sacaste una vid de Egipto,
expulsaste a los gentiles, y la trasplantaste;
le preparaste el terreno, y echó raíces
hasta llenar el país;
Su sombra cubría las montañas,
y sus pámpanos, los cedros altísimos;
extendió sus sarmientos hasta el mar,
y sus brotes hasta el Gran Río.
¿Por qué has derribado su cerca
para que la saqueen los viandantes,
la pisoteen los jabalíes
y se la coman las alimañas?
Dios de los ejércitos, vuélvete:
mira desde el cielo, fíjate,
ven a visitar tu viña,
la cepa que tu diestra plantó
y que tú hiciste vigorosa.
La han talado y le han prendido fuego;
con un bramido hazlos perecer.
Que tu mano proteja a tu escogido,
al hombre que tú fortaleciste.
No nos alejaremos de ti:
danos vida, para que invoquemos tu nombre.
Señor, Dios de los ejércitos, restáuranos,
que brille tu rostro y nos salve.
Gloria al Padre y al Hijo, y al Espíritu Santo.
Como era en el principio, ahora y siempre,
Por los siglos de los siglos. Amén.