domingo, 18 de marzo de 2012

CONTEMPLAR EL EVANGELIO DE HOY

Dios mandó su Hijo al mundo para que el mundo se salve por él. Juan 3, 14-21
 
 
Día litúrgico: Domingo IV (B) de Cuaresma

Texto del Evangelio (Jn 3,14-21): En aquel tiempo, Jesús dijo a Nicodemo: «Como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por Él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en Él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por Él. El que cree en Él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios.

»Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios».
Comentario: 
Rev. D. Joan Ant. MATEO i García (La Fuliola, Lleida, España)

«Tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único»

Hoy, la liturgia nos ofrece un aroma anticipado de la alegría pascual. Los ornamentos del celebrante son rosados. Es el domingo "laetare" que nos invita a una serena alegría. «Festejad a Jerusalén, gozad con ella todos los que la amáis...», canta la antífona de entrada.

Dios quiere que estemos contentos. La psicología más elemental nos dice que una persona que no vive contenta acaba enferma, de cuerpo y de espíritu. Ahora bien, nuestra alegría ha de estar bien fundamentada, ha de ser la expresión de la serenidad de vivir una vida con sentido pleno. De otro modo, la alegría degeneraría en superficialidad y majadería. Santa Teresa distinguía con acierto entre la "santa alegría" y la "loca alegría". Esta última es sólo exterior, dura poco y deja un regusto amargo.


Vivimos tiempos difíciles para la vida de fe. Pero también son tiempos apasionantes. Experimentamos, en cierta manera, el exilio babilónico que canta el salmo. Sí, también nosotros podemos vivir una experiencia de exilio «llorando la nostalgia de Sión» (Sal 136,1). Las dificultades exteriores y, sobre todo, el pecado nos pueden llevar cerca de los ríos de Babilonia. A pesar de todo, hay motivos de esperanza, y Dios nos continúa diciendo: «Que se me pegue la lengua al paladar si no me acuerdo de ti» (Sal 136,6).


Podemos vivir siempre contentos porque Dios nos ama locamente, tanto que nos «dio a su Hijo único» (Jn 3,16). Pronto acompañaremos a este Hijo único en su camino de muerte y resurrección. Contemplaremos el amor de Aquel que tanto ama que se ha entregado por nosotros, por ti y por mí. Y nos llenaremos de amor y miraremos a Aquel que han traspasado (Jn 19,37), y crecerá en nosotros una alegría que nadie nos podrá quitar.


La verdadera alegría que ilumina nuestra vida no proviene de nuestro esfuerzo. San Pablo nos lo recuerda: no viene de vosotros, es un don de Dios, somos obra suya (Col 1,11). Dejémonos amar por Dios y amémosle, y la alegría será grande en la próxima Pascua y en la vida. Y no olvidemos dejarnos acariciar y regenerar por Dios con una buena confesión antes de Pascua.

sábado, 17 de marzo de 2012

CONTEMPLAR EL EVANGELIO DE HOY

Lucas 18: 9 - 14. “El Fariseo, en pie, oraba consigo de esta...
 

Día litúrgico: Sábado III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 18,9-14): En aquel tiempo, Jesús dijo también a algunos que se tenían por justos y despreciaban a los demás, esta parábola: «Dos hombres subieron al templo a orar; uno fariseo, otro publicano. El fariseo, de pie, oraba en su interior de esta manera: ‘¡Oh Dios! Te doy gracias porque no soy como los demás hombres, rapaces, injustos, adúlteros, ni tampoco como este publicano. Ayuno dos veces por semana, doy el diezmo de todas mis ganancias’. En cambio el publicano, manteniéndose a distancia, no se atrevía ni a alzar los ojos al cielo, sino que se golpeaba el pecho, diciendo: ‘¡Oh Dios! ¡Ten compasión de mí, que soy pecador!’. Os digo que éste bajó a su casa justificado y aquél no. Porque todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado».

Comentario: 
Fr. Gavan JENNINGS (Dublin, Irlanda)

«Os digo que éste bajó a su casa justificado»

Hoy, Cristo se nos presenta con dos hombres que, ante un observador "casual", podrían aparecer casi como idénticos, ya que ellos se encuentran en el mismo lugar realizando la misma actividad: ambos «subieron al templo a orar» (Lc 18,10). Pero más allá de las apariencias, en lo más profundo de sus conciencias personales, los dos hombres difieren radicalmente: uno, el fariseo, tiene la conciencia tranquila, mientras que el otro, el publicano —cobrador de impuestos— se encuentra inquieto por los sentimientos de culpa.

Hoy día tendemos a considerar los sentimientos de culpa —el remordimiento— como algo cercano a una aberración psicológica. Sin embargo, el sentimiento de culpa le permite al publicano salir reconfortado del Templo, puesto que «éste bajó a su casa justificado y aquél no» (Lc 18,14). «El sentimiento de culpa», escribió Benedicto XVI cuando él todavía era Cardenal Ratzinger ("Conciencia y verdad"), «remueve la falsa tranquilidad de conciencia y puede ser llamado "protesta de la conciencia" contra mi existencia auto-satisfecha. Es tan necesario para el hombre como el dolor físico, que significa una alteración corporal del funcionamiento normal».


Jesús no nos induce a pensar que el fariseo no esté diciendo la verdad cuando él afirma que no es rapaz, injusto, ni adúltero y que ayuna y entrega dinero al Templo (cf. Lc 18,11); ni tampoco que el recaudador de impuestos esté delirando al considerarse a sí mismo como un pecador. Ésta no es la cuestión. Más bien ocurre que «el fariseo no sabe que él también tiene culpa. Él tiene una conciencia completamente clara. Pero el "silencio de la conciencia" lo hace impenetrable ante Dios y ante los hombres, mientras que el "grito de conciencia" que inquieta al publicano lo hace capaz de la verdad y del amor. ¡Jesús puede remover a los pecadores!» (Benedicto XVI).

Comentario: Rev. D. David COMPTE i Verdaguer (Manlleu, Barcelona, España)
«Todo el que se ensalce será humillado; y el que se humille será ensalzado»
Hoy, inmersos en la cultura de la imagen, el Evangelio que se nos propone tiene una profunda carga de contenido. Pero vayamos por partes.

En el pasaje que contemplamos vemos que en la persona hay un nudo con tres cuerdas, de tal manera que es imposible deshacerlo si uno no tiene presentes las tres cuerdas mencionadas. La primera nos relaciona con Dios; la segunda, con los otros; y la tercera, con nosotros mismos. Fijémonos en ello: aquéllos a quien se dirige Jesús «se tenían por justos y despreciaban a los demás» (Lc 18,9) y, de esta manera, rezaban mal. ¡Las tres cuerdas están siempre relacionadas!

¿Cómo fundamentar bien estas relaciones? ¿Cuál es el secreto para deshacer el nudo? Nos lo dice la conclusión de esa incisiva parábola: la humildad. Así mismo lo expresó santa Teresa de Ávila: «La humildad es la verdad».

Es cierto: la humildad nos permite reconocer la verdad sobre nosotros mismos. Ni hincharnos de vanagloria, ni menospreciarnos. La humildad nos hace reconocer como tales los dones recibidos, y nos permite presentar ante Dios el trabajo de la jornada. La humildad reconoce también los dones del otro. Es más, se alegra de ellos.

Finalmente, la humildad es también la base de la relación con Dios. Pensemos que, en la parábola de Jesús, el fariseo lleva una vida irreprochable, con las prácticas religiosas semanales e, incluso, ¡ejerce la limosna! Pero no es humilde y esto carcome todos sus actos.

Tenemos cerca la Semana Santa. Pronto contemplaremos —¡una vez más!— a Cristo en la Cruz: «El Señor crucificado es un testimonio insuperable de amor paciente y de humilde mansedumbre» (Juan Pablo II). Allí veremos cómo, ante la súplica de Dimas —«Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu Reino» (Lc 23,42)— el Señor responde con una “canonización fulminante”, sin precedentes: «En verdad te digo, hoy mismo estarás conmigo en el paraíso» (Lc 23,43). Este personaje era un asesino que queda, finalmente, canonizado por el propio Cristo antes de morir.

Es un caso inédito y, para nosotros, un consuelo...: la santidad no la “fabricamos” nosotros, sino que la otorga Dios, si Él encuentra en nosotros un corazón humilde y converso.

viernes, 16 de marzo de 2012

CONTEMPLAR EL EVANGELIO DE HOY


Día litúrgico: Viernes III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mc 12,28b-34): En aquel tiempo, uno de los maestros de la Ley se acercó a Jesús y le hizo esta pregunta: «¿Cuál es el primero de todos los mandamientos?». Jesús le contestó: «El primero es: ‘Escucha, Israel: El Señor, nuestro Dios, es el único Señor, y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con toda tu alma, con toda tu mente y con todas tus fuerzas’. El segundo es: ‘Amarás a tu prójimo como a ti mismo’. No existe otro mandamiento mayor que éstos».

Le dijo el escriba: «Muy bien, Maestro; tienes razón al decir que Él es único y que no hay otro fuera de Él, y amarle con todo el corazón, con toda la inteligencia y con todas las fuerzas, y amar al prójimo como a si mismo vale más que todos los holocaustos y sacrificios». Y Jesús, viendo que le había contestado con sensatez, le dijo: «No estás lejos del Reino de Dios». Y nadie más se atrevía ya a hacerle preguntas.
Comentario: 
Rev. D. Pere MONTAGUT i Piquet (Barcelona, España)

«No existe otro mandamiento mayor que éstos»
Hoy, la liturgia cuaresmal nos presenta el amor como la raíz más profunda de la autocomunicación de Dios: «El alma no puede vivir sin amor, siempre quiere amar alguna cosa, porque está hecha de amor, que yo por amor la creé» (Santa Catalina de Siena). Dios es amor todopoderoso, amor hasta el extremo, amor crucificado: «Es en la cruz donde puede contemplarse esta verdad» (Benedicto XVI). Este Evangelio no es sólo una autorrevelación de cómo Dios mismo —en su Hijo— quiere ser amado. Con un mandamiento del Deutoronomio: «Ama al Señor, tu Dios» (Dt 6,5) y otro del Levítico: «Ama a los otros» (Lev 19,18), Jesús lleva a término la plenitud de la Ley. Él ama al Padre como Dios verdadero nacido del Dios verdadero y, como Verbo hecho hombre, crea la nueva Humanidad de los hijos de Dios, hermanos que se aman con el amor del Hijo.

La llamada de Jesús a la comunión y a la misión pide una participación en su misma naturaleza, es una intimidad en la que hay que introducirse. Jesús no reivindica nunca ser la meta de nuestra oración y amor. Da gracias al Padre y vive continuamente en su presencia. El misterio de Cristo atrae hacia el amor a Dios —invisible e inaccesible— mientras que, a la vez, es camino para reconocer, verdad en el amor y vida para el hermano visible y presente. Lo más valioso no son las ofrendas quemadas en el altar, sino Cristo que quema como único sacrificio y ofrenda para que seamos en Él un solo altar, un solo amor.

Esta unificación de conocimiento y de amor tejida por el Espíritu Santo permite que Dios ame en nosotros y utilice todas nuestras capacidades, y a nosotros nos concede poder amar como Cristo, con su mismo amor filial y fraterno. Lo que Dios ha unido en el amor, el hombre no lo puede separar. Ésta es la grandeza de quien se somete al Reino de Dios: el amor a uno mismo ya no es obstáculo sino éxtasis para amar al único Dios y a una multitud de hermanos.

Campaña día del Seminario - Marzo 2012


 

I. Nacimiento de mi Vocación.                                                              

 Comencé a conocer a Jesús cuando era niño, siempre el Xto. clavado en la cruz de mi parroquia me llamaba la atención. Con 5años recibí el sacramento del bautismo, un 15 de abril en la noche de Pascua. 

Fui creciendo y educado gracias a la educación recibida por mi familia cristiana y también en el amor a los pobres que Vicente de Paúl en las Hijas de la Caridad me enseñó. También el testimonio, cercanía y el cariño de sacerdotes que me animaban para discernir la vocación.

Me preparé para la  1ª comunión, mi vida de fe se fue desarrollando en medio de un entorno marcado por la vida eclesial, la realidad de los enfermos me fue desvelando a Jesús presente en la soledad de los años y sobre todo en la enfermedad.  A los 16 me confirmé.

Este verano, a los 17 ya cumplidos, un grupo de jóvenes me invitaron a una experiencia misionera en san Isidro de Níjar Almería. En mi interior pasaron muchos miedos e interrogantes. Hasta que me decidí ir, yo iba solo de Canarias, pero en mi interior alguien me decía "No tengas miedo”.

Recuerdo aquellos días bellos y muy duros, allí encontré el Rostro de Jesús en nuestros hermanos inmigrantes y en aquellas condiciones de vida (barrancos, barraca, sus casas eran corrales y chabolas de trozos de madera recubierta de plástico).

Por aquellos días el pueblo se preparaba para la 1ª misa del primer cura que de allí salía. Me animé y me fui, no fue tanto la ceremonia sino la contemplación de aquel crucificado que era enorme, que precedía el altar que yo veía reflejado fuera de aquella iglesia en las zonas marginales.

Cuando regresé a Canarias vine transformado aquellos pobres me habían evangelizado en un auténtica encuentro con Jesús. También aquellos jóvenes.

Me decidí venir al Seminario tras unos ejercicios espirituales. Llegué hace tres cursos, siguiendo un proceso con el seminario durante el 1º curso. Mientras vivía en una parroquia estudiando 1º de estudios Eclesiásticos. Ahora en 3º.

    II.  Seminario: ¿Qué es? ¿Qué hacemos?                                 
  
El Seminario es una comunidad  formada por trece  jóvenes que quieren entregar su vida al Señor, que nos preparamos para el “Sacerdocio”.

Somos hombres jóvenes normales llamados a un estilo de vida diferente, al seguimiento de Jesús en medio de este Mundo y para la humanidad que nos necesita.

En el Seminario nos adentramos en nuestro ser creciendo interiormente para que el Señor sea el Centro de nuestra vida.

Es también un tiempo de gracia y de alegría en el que vamos discerniendo nuestra vocación y nuestra vida.

Es un lugar de estudio, el hombre creyente tiene  que con fe dar un testimonio de fe fundamentado en la Verdad, Razón y en la Esperanza.

En el ámbito cotidiano:
Ø  Nos levantamos temprano (7)  a las y media nos llaman a la oración y a las 8 celebramos la Eucaristía.
Ø  La mañana está destina al estudio, la formación, la oración y también en el quehacer cotidiano como en toda cosa de familia.
Ø  Almuerzo 13.30.
Ø  Las clases las tenemos de 16 a 20.
Ø  A las 20,30 rezo de vísperas.
Ø  A las 21 la cena.
Ø  Rato de comunidad o estudio.
Ø  Tenemos como complemento deporte, clase de música, cine con películas en la comunidad.
Ø  Los sábados y domingos estamos en “Pastoral”, por la mañana los sábados nos hacemos presentes en residencias de ancianos, en centros de marginación social, en centros de discapacitados. Por la tarde vamos a cada una de las Parroquia que nos acoge para compartir nuestra vocación.
Ø  Por último los domingos tenemos un tiempo libre y volvemos al ritmo cotidiano.



Todos los meses los sábados nos vamos de caminatas por los barrancos de Gran Canaria donde la Palabra de Dios nos invita a compartir con jóvenes que sienten y tienen inquietudes vocacionales. Los seminaristas juntos con los formadores participan y animan a todos aquellos jóvenes que quieran participar a contactar con el Seminario.



 III. Pasión por el Evangelio.                                    

El lema de este año especialmente a nosotros nos hace tomar conciencia de que el Evangelio es el eco vivo y permanente de Jesús para el buen discernimiento, madurez y conocimiento de su proyecto de vida para la nuestra.
ü  La palabra “Pasión” invita a entregarnos seria y responsablemente en nuestra vida a dar una respuesta desde la Palabra de Jesús.
ü  Todo creyente debe escuchar y acoger su Palabra para vivir nuestro seguimiento con autenticidad cristiana.
ü  El Evangelio debe ser una fuente viva, permanente y actual en nuestro ser creyente.
Puedo decirles como Sto. Tomás de Aquino que cuando uno de adentra en la Palabra escucha el corazón de Xto palpitar y cercano.
           
 IV.            Invitación a las familias y a los jóvenes.

  Me dirijo a las familias y especialmente a los padres, les invito a que no tengan miedo a que sus hijos quieran seguir a Aquel que les llama, la Iglesia no se los arrebata al contrario es un Don no sólo para la persona sino para toda la familia.
  
 A los jóvenes les animo a que estén atentos y espabilen el oído y el corazón, el Señor sigue llamando Hoy, Mañana y Siempre.

Ser apasionados por el Evangelio significa ser hombres y mujeres que toman en serio la Palabra de Jesús y su vida con un coraje de entrega y de anuncio.

Cuenten con nuestra oración y recen por el seminario y para que surjan nuevas vocaciones, no solo al Sacerdocio sino a todos los estados.


Seminario Diocesano de Canarias Inmaculada Concepción a 1 de Marzo de 2012. Nicanor Bermúdez Páez.

      

jueves, 15 de marzo de 2012

CONTEMPLAR EL EVANGELIO DE HOY

Evangelio según San Lucas 11,14-23. En aquel tiempo...
 
Día litúrgico: Jueves III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Lc 11,14-23): En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: «Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios». Otros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: «Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?, porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama».

Comentario: 
 Rev. D. Josep GASSÓ i Lécera (Corró d'Avall, Barcelona, España)

«Si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios»

Hoy, en la proclamación de la Palabra de Dios, vuelve a aparecer la figura del diablo: «Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo» (Lc 11,14). Cada vez que los textos nos hablan del demonio, quizá nos sentimos un poco incómodos. En cualquier caso, es cierto que el mal existe, y que tiene raíces tan profundas que nosotros no podemos conseguir eliminarlas del todo. También es verdad que el mal tiene una dimensión muy amplia: va “trabajando” y no podemos de ninguna manera dominarlo. Pero Jesús ha venido a combatir estas fuerzas del mal, al demonio. Él es el único que lo puede echar.

Se ha calumniado y acusado a Jesús: el demonio es capaz de conseguirlo todo. Mientras que la gente se maravilla de lo que ha obrado Jesucristo, «algunos de ellos dijeron: ‘Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios’» (Lc 11,15).

La respuesta de Jesús muestra la absurdidad del argumento de quienes le contradicen. De paso, esta respuesta es para nosotros una llamada a la unidad, a la fuerza que supone la unión. La desunión, en cambio, es un fermento maléfico y destructor. Precisamente, uno de los signos del mal es la división y el no entenderse entre unos y otros. Desgraciadamente, el mundo actual está marcado por este tipo de espíritu del mal que impide la comprensión y el reconocimiento de los unos hacia los otros.

Es bueno que meditemos cuál es nuestra colaboración en este “expulsar demonios” o echar el mal. Preguntémonos: ¿pongo lo necesario para que el Señor expulse el mal de mi interior? ¿Colaboro suficientemente en este “expulsar”? Porque «del corazón del hombre salen las intenciones malas» (Mt 15,19). Es muy importante la respuesta de cada uno, es decir, la colaboración necesaria a nivel personal.

Que María interceda ante Jesús, su Hijo amado, para que expulse de nuestro corazón y del mundo cualquier tipo de mal (guerras, terrorismo, malos tratos, cualquier tipo de violencia). María, Madre de la Iglesia y Reina de la Paz, ¡ruega por nosotros!

miércoles, 14 de marzo de 2012

El Valor de Internet: Comunicación Digital y Nueva Evangelización

(ver aquí)

También en la era digital, cada uno siente la necesidad de ser una persona auténtica y reflexiva. Además, las redes sociales muestran que uno está siempre implicado en aquello que comunica. Cuando se intercambian informaciones, las personas se comparten a sí mismas, su visión del mundo, sus esperanzas, sus ideales. 

Por eso, puede decirse que existe un estilo cristiano de presencia también en el mundo digital, caracterizado por una comunicación franca y abierta, responsable y respetuosa del otro. Comunicar el Evangelio a través de los nuevos medios significa no sólo poner contenidos abiertamente religiosos en las plataformas de los diversos medios, sino también dar testimonio coherente en el propio perfil digital y en el modo de comunicar preferencias, opciones y juicios que sean profundamente concordes con el Evangelio, incluso cuando no se hable explícitamente de él. Asimismo, tampoco se puede anunciar un mensaje en el mundo digital sin el testimonio coherente de quien lo anuncia. En los nuevos contextos y con las nuevas formas de expresión, el cristiano está llamado de nuevo a responder a quien le pida razón de su esperanza”.

BENEDICTUS PP. XVI. “Verdad, anuncio y autenticidad de vida en la era digital”. XLV Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales. (5 de junio 2011)


CONTEMPLAR EL EVANGELIO DE HOY

Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus ...
 

Día litúrgico: Miércoles III de Cuaresma

Texto del Evangelio (Mt 5,17-19): En aquel tiempo, Jesús dijo a sus discípulos: «No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento. Sí, os lo aseguro: el cielo y la tierra pasarán antes que pase una i o una tilde de la Ley sin que todo suceda. Por tanto, el que traspase uno de estos mandamientos más pequeños y así lo enseñe a los hombres, será el más pequeño en el Reino de los Cielos; en cambio, el que los observe y los enseñe, ése será grande en el Reino de los Cielos».

Comentario: 
Rev. D. Vicenç GUINOT i Gómez (Sitges, Barcelona, España)

«No penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas (...), sino a dar cumplimiento»

Hoy día hay mucho respeto por las distintas religiones. Todas ellas expresan la búsqueda de la trascendencia por parte del hombre, la búsqueda del más allá, de las realidades eternas. En cambio, en el cristianismo, que hunde sus raíces en el judaísmo, este fenómeno es inverso: es Dios quien busca al hombre.

Como recordó Juan Pablo II, Dios desea acercarse al hombre, Dios quiere dirigirle sus palabras, mostrarle su rostro porque busca la intimidad con él. Esto se hace realidad en el pueblo de Israel, pueblo escogido por Dios para recibir sus palabras. Ésta es la experiencia que tiene Moisés cuando dice: «¿Hay alguna nación tan grande que tenga los dioses tan cerca como lo está Yahvé nuestro Dios siempre que le invocamos?» (Dt 4,7). Y, todavía, el salmista canta que Dios «revela a Jacob su palabra, sus preceptos y sus juicios a Israel: no hizo tal con ninguna nación, ni una sola conoció sus juicios » (Sal 147,19-20).

Jesús, pues, con su presencia lleva a cumplimiento el deseo de Dios de acercarse al hombre. Por esto, dice que «no penséis que he venido a abolir la Ley y los Profetas. No he venido a abolir, sino a dar cumplimiento» (Mt 5,17). Viene a enriquecerlos, a iluminarlos para que los hombres conozcan el verdadero rostro de Dios y puedan entrar en intimidad con Él.

En este sentido, menospreciar las indicaciones de Dios, por insignificantes que sean, comporta un conocimiento raquítico de Dios y, por eso, uno será tenido por pequeño en el Reino del Cielo. Y es que, como decía san Teófilo de Antioquía, «Dios es visto por los que pueden verle; sólo necesitan tener abiertos los ojos del espíritu (...), pero algunos hombres los tienen empañados».

Aspiremos, pues, en la oración a seguir con gran fidelidad todas las indicaciones del Señor. Así, llegaremos a una gran intimidad con Él y, por tanto, seremos tenidos por grandes en el Reino del Cielo.